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La apatía en Old Trafford: Manchester United y la Carabao Cup

Los abucheos sonaron, pero lo que más dolió fue la apatía. Old Trafford despidió a su equipo de la Carabao Cup con una mezcla de enfado y resignación, otro capítulo deprimente en la relación de Manchester United con las copas domésticas. Michael Carrick, serio, cabizbajo, fue el rostro sobre el que se descargó la frustración. A su lado, sus jugadores. Más arriba, en el palco, Jason Wilcox abandonó el palco de directores con gesto adusto. Pero la responsabilidad no se detiene en el banquillo.

En fútbol, el juicio es inmediato. La grada no necesita informes técnicos para distinguir lo bueno de lo malo. Siente que paga el salario de quienes ve ahí abajo y lo hace saber. Carrick y sus futbolistas son la cara visible, los que dan explicaciones a la prensa y sonríen en los actos de los patrocinadores. El entrenador, como siempre, es el pararrayos: tácticas, fichajes, estados de ánimo. Todo recae sobre él. La realidad, sin embargo, es más enmarañada.

Carrick regresó al club en enero, pero el rumbo a largo plazo lo han marcado otros. Él se sienta dentro de un plan que no ha diseñado. Aun así, la presión es inherente a su cargo, y el calendario no le concede respiro: una derrota en el campo de Fulham el domingo elevaría la temperatura a niveles incómodos.

La afición de United sabe perfectamente quién manda. Las protestas contra la familia Glazer y Sir Jim Ratcliffe se han vuelto rutina. Entienden que no todo lo que ocurre en esos 90 minutos es culpa del entrenador ni de los once que llevan el escudo en el pecho. Los abucheos van dirigidos al partido concreto; la apatía, al proyecto. Y duele comprobar que, pese a volver a la Champions League, el club ha sido superado en gasto veraniego por equipos recién ascendidos. Es la factura de años de mala gestión financiera. Hoy, cada libra cuenta. Y hay que gastarla con precisión quirúrgica.

La derrota ante Brighton retrata el problema con crudeza. United ganaba 2-0 a los diez minutos. Parecía una tarde plácida. Acabó siendo todo lo contrario: un partido que el equipo apenas compitió en los 80 minutos restantes y que perdió con justicia. Es una señal clara de que algo chirría dentro del vestuario, y Carrick lo sabe. Brighton, muy rotado, mostró una colección de talento fresco, fichado a partir de un trabajo de scouting global y valiente. Este verano incorporó jugadores procedentes de clubes de siete países distintos. United, en cambio, se limitó a cuatro fichajes, todos llegados desde otros clubes de la Premier League.

El contraste es evidente. En Brighton hay riesgo calculado y dinamismo. En Old Trafford, eso escasea. Resulta irónico que la operación más acertada del pasado verano, por relación precio-rendimiento, fuese la de Senne Lammens desde Royal Antwerp, justo el tipo de movimiento que el club apenas explora.

Carrick y Wilcox, además, aún no pueden ser juzgados del todo sin ver en acción al fichaje más caro del verano, Carlos Baleba. Sus cualidades deberían aportar la movilidad que tanto falta en el centro del campo. Tenía sentido apuntar a mediocentros tras la salida de Casemiro y la insuficiencia mostrada por Manuel Ugarte. Pero no era la única urgencia del plantel. Internamente se reconocía que la plantilla tenía carencias globales, aunque la forma de reforzarla, centrada en un solo perfil, rozó la ingenuidad. Y ahora lo está demostrando.

Comprar dentro de la Premier League rara vez sale barato, aunque reduce el tiempo de adaptación. Sin embargo, con la escasez en el lateral izquierdo y las limitaciones de Joshua Zirkzee, quizá habría sido más sano para el equipo buscar una opción más asequible que los 50 millones invertidos en Andrey Santos y destinar recursos a otras zonas. Alguien debería aliviar la carga que soporta Carrick y explicar por qué se consideró buena idea gastar 155 millones en tres jugadores para la misma demarcación. Desde fuera, solo queda especular, mientras el técnico intenta improvisar un plan B para cubrir la baja de Luke Shaw, una lesión que muchos daban casi por segura.

Wilcox, de puertas adentro, sí ha hablado. El 30 de octubre de 2025, tras tres victorias consecutivas, expuso el plan a largo plazo en los canales internos del club. Ese relato se vino abajo poco después con el despido de Ruben Amorim, apenas dos meses más tarde. Cuando Wilcox se abrió a la redacción del club, el viento soplaba a favor. Desde entonces, salvo comunicados formales tras destituciones, ha optado por el silencio en los malos momentos.

En gran parte de Europa es habitual que los directores deportivos comparezcan ante la prensa. En la Premier League esa cultura no ha calado. En United, el mutismo se hace más sonoro con el equipo en la 13ª posición.

Wilcox llegó procedente de Southampton en 2024, inicialmente como director técnico, y participó en la decisión de mantener a Erik ten Hag tras terminar octavos. El neerlandés fue despedido tarde, tras un mal inicio de la temporada siguiente. Después llegó Amorim desde Sporting, con una idea de juego que no encajaba con la plantilla y sin dinero para la revolución que requería su propuesta. El resultado: un 15º puesto en liga y una derrota sin alma ante Tottenham en la final de la Europa League. Cuando Amorim cayó tras 14 meses por sus propios errores, el club concedió a Wilcox otra oportunidad para enderezar el rumbo.

Carrick no queda al margen de la crítica. Este United rinde por debajo de lo exigible, y golear a un recién ascendido como Ipswich o al conjunto azerí Sabah no tapa el mal arranque. La defensa hace aguas: siete goles encajados en cuatro jornadas de Premier League. Frente a Brighton, la pareja Leny Yoro–Ayden Heaven rozó lo desastroso. Arriba, el ataque se ve desconectado, sin automatismos claros.

El historial de Wilcox en la élite también está bajo la lupa. En Manchester City se ganó un gran prestigio como responsable de la academia, donde muchos le consideraban brillante y perfectamente adaptado a ese entorno. El salto en la cadena de mando, ya en United, ha traído otra clase de escrutinio. Desde fuera, muchos se indignarían si JJ Gabriel acaba marchándose, pero en ese caso el director de fútbol tendría poco que reprocharse: ha trabajado para retener al joven, incluso a través de su círculo más cercano.

En Old Trafford, el poder viene acompañado de una responsabilidad que no todos asumen del mismo modo. Ten Hag y Amorim ya pagaron con su puesto. Otros siguen en sus cargos. Carrick y Wilcox comparten interés en que el proyecto funcione, pero hoy solo uno de los dos parece estar realmente expuesto a las consecuencias si el equipo no reacciona. La próxima derrota puede decidir quién sigue marcando el rumbo… y quién se queda, otra vez, solo frente a los abucheos.