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Chris Smalling: El central que eligió el riesgo y vuelve a Inglaterra

Chris Smalling, el central que eligió el riesgo antes que la ruta segura, vuelve al norte de Inglaterra con una certeza: todavía no ha terminado con el fútbol.

Del aula a Old Trafford

A los 18 años, Smalling no soñaba con Champions League ni con vestir la camiseta de Manchester United. Su horizonte estaba en las aulas: universidad, estudios de economía financiera, fútbol semiprofesional en Maidstone y algún club de non-league cerca de Leicester para seguir jugando los fines de semana. Nada de esto parecía el prólogo de una carrera de 580 partidos en tres países, 31 internacionalidades con Inglaterra y títulos con United y Roma.

“Ni siquiera era el plan D”, recuerda. Y no lo era. Hasta que apareció Fulham.

El giro llegó tarde aquel verano. Una oportunidad mínima, casi anecdótica. Una prueba, un entrenamiento, un partido. Roy Hodgson observó un solo encuentro de práctica, lo llamó a su despacho y le ofreció contrato. “No fue ni una semana completa”, admite Smalling. “Estaba en shock total”. En cuestión de días, el chico que preparaba su vida universitaria se encontraba entrando en el ecosistema de la Premier League.

El golpe en la puerta de Sir Alex

Lo más impactante aún estaba por llegar. 17 de enero de 2010, desplazamiento de Fulham a Blackburn. Smalling viaja con el equipo, pero no juega en la derrota por 2-0. Lo verdaderamente importante había sucedido la noche anterior.

Había rumores de otros clubes, pero no de Manchester United. Hasta que Hodgson lo saca del autobús, lo aparta y le suelta la noticia: Fulham ha aceptado una oferta y Sir Alex Ferguson llegará al hotel en 45 minutos.

Smalling llama a su madre. Luego se queda solo en la habitación, intentando imaginar qué preguntarle a uno de los entrenadores más grandes de la historia. No hay tiempo para procesar nada.

Ferguson llega. La conversación se alarga al menos un par de horas. El técnico escocés, calmado, directo, le transmite algo más importante que cualquier detalle táctico: confianza. Smalling duda. Enfrente están algunos de los mejores centrales del momento. ¿Cómo encajar en ese escenario? Ferguson es claro: tendrá su oportunidad. Cree en él.

A partir de ahí, el joven central comparte vestuario, charlas y minutos de competición con un entrenador que marcaría su carrera. Y entiende de primera mano qué distingue a los verdaderos gigantes del banquillo: la capacidad de mirar a un jugador a los ojos y convencerlo de que puede ir un paso más allá.

Mourinho, las inyecciones y el límite del cuerpo

Años después, otro técnico de élite marcaría su trayectoria: José Mourinho. Desde fuera, la relación entre ambos suele reducirse a aquel episodio de 2016, cuando el portugués criticó públicamente su negativa a jugar lesionado. Para Smalling, la historia es distinta.

Con Mourinho, tanto en Manchester United como en Roma, jugó la mayoría de los partidos. Había confianza mutua. El central habla de un rasgo común entre los dos entrenadores que más han influido en su carrera: la capacidad de encender la fe en los jugadores veteranos, no solo en los jóvenes. Mirada directa, convicción absoluta, un discurso que hace que el vestuario se alinee.

En ese contexto, Smalling llegó a forzar su cuerpo hasta el extremo. Se infiltró un dedo del pie roto para seguir jugando. Llegó al límite del número de inyecciones permitidas. Tuvo que parar en un calentamiento. Mourinho se decepcionó. Y, paradójicamente, eso reforzó la percepción del jugador.

Si el técnico hubiera querido, habría elegido otro central. No lo hizo. Quería a Smalling en el campo. Ese detalle, para el defensa, pesó más que cualquier crítica pública.

La relación se mantiene. Smalling sigue en contacto con Mourinho y le deseó suerte cuando el portugués asumió su nuevo reto en Real Madrid este verano. Pero no tiene intención de seguir sus pasos en los banquillos. El futuro, para él, va por otro lado.

Un profesional de 36 años que se siente mejor que a los 26

Hoy, con 36 años, Smalling habla de su cuerpo con la seguridad de quien ha aprendido a leer cada señal. Acaba de completar una temporada como ever-present en Al-Fayha, sin faltar a la cita en la Saudi Pro League, un registro del que se siente especialmente orgulloso.

Se cuida más que nunca. Entrenar, asegura, es solo una pequeña parte del trabajo. La verdadera longevidad se construye en todo lo que rodea a la sesión: alimentación, descanso, rutinas de recuperación, hasta el último suplemento. Desde hace años, va un paso por delante de los protocolos estándar de los clubes. A las analíticas de pretemporada ha añadido pruebas genéticas específicas que han cambiado por completo su suplementación.

Recuerda cómo Sir Alex introducía el yoga con jugadores como Ryan Giggs. Entendió entonces que, después de los 30, cada año cuenta. Ahora lo vive en primera persona. Se nota más fuerte, más consciente, más preparado que cuando tenía 26.

Su paso por Arabia Saudí no solo dejó huella en el campo. Smalling se implicó en la mejora de las instalaciones de Al-Fayha, especialmente del gimnasio, para ajustarlo a las exigencias de un profesional de élite actual. No se limitó a entrenar y jugar. Quiso elevar el estándar del entorno.

Proyectos, educación y el siguiente contrato

De vuelta al noroeste de Inglaterra, Smalling se encuentra en una encrucijada distinta a la de aquel adolescente que dudaba entre la universidad y el fútbol. Ahora sabe lo que ha conseguido. Y, sobre todo, sabe que aún no ha terminado.

Busca club. Se siente físicamente preparado, con estadísticas que lo respaldan y, sobre todo, con la misma pasión competitiva. Al mismo tiempo, prepara el terreno para lo que vendrá después.

Trabaja en un programa educativo para jóvenes futbolistas junto al Global Institute of Sport, un proyecto que verá la luz en breve. No es el único: tiene tres o cuatro iniciativas similares en marcha, todas vinculadas a la formación y al acompañamiento de jugadores en su desarrollo dentro y fuera del campo.

No se ve en el banquillo, no al menos como entrenador principal. No lo necesita para seguir ligado al juego. Prefiere influir desde otros ángulos, con herramientas diferentes.

El riesgo que cambió una vida

Cuando mira atrás, hasta aquel momento en el que rechazó la oferta universitaria, la conclusión es sencilla: fue la decisión correcta. Pero no lo olvida: no había garantías.

En su primer año en Fulham, cobraba poco. Jugaba con el filial, viajaba con el primer equipo como 19º hombre, sin entrar en la convocatoria definitiva. No sabía si eso le iba a dar estabilidad económica o continuidad profesional. Todo era una apuesta.

Luego llegó el contrato con Manchester United. Cuatro años firmados. Y, después, renovaciones encadenadas: una al final del primer curso, otra un año más tarde, otra 18 meses después. Siempre había una zanahoria delante, un siguiente objetivo, un nuevo reto. Nunca dio nada por hecho.

Esa mentalidad lo ha llevado de Maidstone a una final de Champions League, de la non-league a compartir vestuario con leyendas, de Old Trafford a Roma y Arabia Saudí. Ahora, con 36 años, vuelve a casa para decidir su próximo paso.

Quien lo fiche no se llevará solo a un defensa con experiencia. Se llevará a un profesional que ha aprendido a exprimir cada año de carrera, a un líder silencioso que mejora el entorno y a un jugador que todavía se siente en deuda con el juego.

La ruta segura quedó atrás hace mucho tiempo. La pregunta, ahora, es qué club se atreverá a escribir con él el siguiente capítulo.