Gianni Infantino: De rey del fútbol a presidente acorralado
Gianni Infantino, de coronación segura a presidente acorralado
Hasta hace dos semanas, Gianni Infantino se movía como un monarca seguro de su trono. Sentado junto a Donald Trump en el MetLife Stadium, observando la final del Mundial entre España y Argentina, el presidente de la FIFA encarnaba ese apodo que tanto gusta al expresidente de Estados Unidos: el “Rey del fútbol”. Algún abucheo acompañó su paseo por el césped rumbo a la ceremonia de trofeos, pero nada que empañara el mensaje central de la noche: el mayor Mundial de la historia, 104 partidos, un éxito competitivo casi unánime y una máquina de dinero sin precedentes.
La reelección de Infantino el próximo marzo parecía poco menos que una coronación. Hoy, ese escenario se ha resquebrajado.
Del apogeo al terremoto político
Lo que entonces era una escena soleada se ha convertido en tormenta cerrada. En cuestión de días, Infantino ha pasado de intocable a vulnerable. El detonante: un plan para abrir las puertas del Mundial y de todas las competiciones de la FIFA al capital privado, liderado por el fondo Thrive Eternal de Joshua Kushner.
La idea era tan ambiciosa como explosiva. Crear una filial, FIFA Forward Enterprise (FFE), a la que se trasladarían los activos más lucrativos del organismo: organización de torneos como el Mundial, venta de derechos de televisión, patrocinios, entradas, paquetes de hospitalidad. Sobre esa estructura, dar entrada a inversores privados que comprarían alrededor del 20 por ciento de la nueva empresa, con una valoración total de 20.000 millones de dólares. Objetivo inicial: recaudar 4.200 millones.
Para las 211 federaciones miembro, ya dueñas de facto de la FIFA como asociación sin ánimo de lucro bajo la ley suiza, el gancho era simple y brutal: 20 millones de dólares para cada una, con fecha límite de aceptación el 19 de septiembre. En paralelo, la FIFA ya tiene comprometidos 10 millones por federación para el ciclo 2023-26, financiados en gran parte por los 15.000 millones de dólares de ingresos récord generados por el Mundial recién concluido.
Con FFE, esa cifra se duplicaría a 20 millones por federación, subiría a 22 millones hasta 2034 y alcanzaría 24 millones hasta 2038. Para países como Andorra, Montserrat o Papúa Nueva Guinea, es dinero transformador. Para potencias como Inglaterra, España o Francia, el cálculo es distinto: el problema no es el cheque, es el modelo.
La reacción fue inmediata. Y devastadora.
Un plan que deja solo al presidente
El proyecto de Infantino chocó con casi todo el ecosistema del fútbol organizado. Algunos vicepresidentes de la FIFA, altos ejecutivos del organismo, todas las federaciones europeas, las confederaciones de Asia y Norteamérica, la asociación mundial de ligas, aficionados de medio planeta. Incluso el primer ministro británico se alineó con los críticos.
El golpe más contundente llegó desde Nyon. UEFA anunció que sus miembros boicotearían todas las competiciones de la FIFA si el plan seguía adelante. Un órdago de dimensiones históricas. Europa domina los grandes trofeos de la FIFA, desde el Mundial masculino al Mundial de Clubes, pilares económicos del organismo. Sin los europeos, el modelo de negocio se tambalea.
Las federaciones del Viejo Continente temían algo muy concreto: que los nuevos socios privados exigieran más partidos, más torneos, formatos más grandes para maximizar el retorno de su inversión, desequilibrando aún más el calendario global y erosionando el protagonismo y los ingresos del fútbol de clubes, incluida la UEFA Champions League. En un contexto de calendarios saturados, futbolistas al límite y un mercado de derechos que no puede crecer indefinidamente, la idea sonaba a ruptura del frágil equilibrio actual.
El enfado no se limitó al contenido del plan, también al método. Infantino fue acusado de cocinar el proyecto casi en solitario durante el último año, sin consultas reales con las partes clave, mientras multiplicaba sus apariciones en el entorno político de Trump. El propio expresidente estadounidense admitió el viernes que no había hablado con el jefe de la FIFA sobre la venta de participaciones en el Mundial.
Dentro de la casa, la rebelión tomó nombres propios. Carlos Cordeiro, exbanquero de Goldman Sachs y asesor principal de Infantino, dimitió calificando la operación de mal negocio. Kevin Lamour, director de operaciones de la FIFA, emitió una declaración contundente defendiendo a sus colegas y dejando en el aire la continuidad de su superior. Sus palabras habrían hecho tambalear a casi cualquier presidencia.
Con el fuego ya descontrolado, Infantino no tuvo margen. El viernes anunció que renunciaba al proyecto. “Tras escuchar atentamente todos los puntos de vista, ha quedado claro que el proyecto ha creado divisiones de tal naturaleza que, independientemente del nivel de apoyo, ya no responde al objetivo inicial”, explicó en un comunicado.
La retirada frenó la venta. No apagó las dudas.
El dinero que seduce y el poder que se resiste
El plan no carecía de apoyos potenciales. África, con 54 votos de los 211, tradicionalmente el gran bastión electoral de Infantino, se había mantenido en una calculada neutralidad. Para muchas de sus federaciones, la promesa de dinero “cambia-vidas” pesaba tanto como las advertencias sobre la mercantilización del Mundial.
En Sudamérica, CONMEBOL reconoció haber recibido la propuesta y prometió analizarla “con el rigor que demanda”. Su presidente, Alejandro Domínguez, también vicepresidente de la FIFA, tiene un interés directo en la expansión del Mundial de 2030 a 64 selecciones. Esa ampliación daría más partidos a las coanfitrionas minoritarias Argentina, Paraguay y Uruguay, que por ahora solo tienen asegurado un encuentro cada una de los 104 programados. El grueso del torneo se disputará en España, Portugal y Marruecos.
Mientras tanto, Infantino abandonó Nueva York la semana pasada con cartas de apoyo a su reelección de unas 200 federaciones, una cifra que en otro contexto habría certificado su dominio absoluto. Hoy, incluso tras retirar el proyecto de inversión, ese respaldo se ha llenado de interrogantes.
La pregunta ya no es cuánto dinero podía repartir la FIFA. Es quién debe controlarlo. Y a qué precio.
Un trono que ya no parece inexpugnable
El calendario político aprieta. El 18 de noviembre vence el plazo para presentar candidaturas a la presidencia de la FIFA. Cuatro meses después, el 19 de marzo, se celebrará la votación en Rabat, la sede africana del organismo. Infantino, reelegido sin oposición en 2019 en París y en 2023 en Kigali, tiene derecho estatutario a un mandato más de cuatro años.
Hasta hace nada, la idea de un rival serio sonaba remota, casi de tertulia de café. No ahora.
Los estatutos fijan la mayoría en 106 votos en una elección disputada. Ninguna confederación vota en bloque de forma perfecta, pero una alianza entre buena parte de los 55 miembros de UEFA, los 35 de CONCACAF y los 46 de la AFC dibujaría una base muy sólida contra el actual presidente.
Los nombres empiezan a circular con más fuerza. Nasser Al-Khelaifi, presidente de Paris Saint-Germain y figura clave en el tablero de poder del fútbol mundial, suele aparecer en las quinielas. También el canadiense Victor Montagliani, vicepresidente de la FIFA y hombre fuerte de CONCACAF. Sheikh Salman bin Ebrahim Al Khalifa, presidente de la AFC y derrotado por la mínima por Infantino en las elecciones de 2016, podría considerar que ha llegado el momento de volver a presentarse.
En paralelo, planea otra sombra: la sensación de que el proyecto FFE no solo era una vía para inyectar dinero en las federaciones, sino también un puente hacia un futuro cargo “tipo comisionado” para Infantino más allá de 2031, con un paquete retributivo muy superior a los más de seis millones de dólares anuales que percibe actualmente entre salario y bonus. Ese cálculo político no ha pasado desapercibido entre sus críticos.
La resistencia liderada por Europa ha tumbado el plan de venta. Falta saber si eso bastará para detener el movimiento que ahora apunta directamente al sillón presidencial.
Infantino construyó su poder sobre la promesa de hacer crecer el fútbol y repartir más recursos que nunca. Hoy, con su gran apuesta financiera hecha trizas y sus propios ejecutivos cuestionando su liderazgo en público, la cuestión ya no es cuánto más puede dar la FIFA al mundo. Es si el mundo del fútbol está dispuesto a concederle a él otro mandato para decidirlo.






