Jamal Musiala y su diagnóstico de epilepsia de ausencias
Durante unos segundos, el fútbol se detuvo. En el amistoso ante RB Leipzig, Jamal Musiala se desplomó sin contacto, sin aviso, ante la mirada atónita de compañeros y rivales. Volvió a ocurrir días después, frente a 1. FC Heidenheim. Dos caídas, el mismo gesto: mirada perdida, cuerpo que se apaga, cambio inmediato. Y una palabra que hasta entonces no formaba parte del vocabulario público del jugador: epilepsia.
La neuróloga Regina Becker, que trabajó en la clínica de neurología del Hospital Universitario de Múnich de la Ludwig-Maximilians-Universität y dirige ahora el “Munich Schwabing Neuro Centre”, lo tuvo claro desde el primer vídeo.
“Como ocurrió de forma tan repentina y se recuperó tan rápido, como neuróloga pensé de inmediato en una crisis epiléptica”, explica.
La sospecha quedó confirmada tras el segundo episodio. En un comunicado, Musiala habló de “breves ausencias temporales causadas por una disfunción neurológica”. Detrás de esa fórmula médica se esconde un diagnóstico concreto: epilepsia de ausencias.
Qué le ocurre al cerebro de Musiala
Becker lo desgrana sin rodeos. Este tipo de epilepsia nace en el tálamo, una estructura del diencéfalo que actúa como central de la consciencia. Cuando ahí se produce una disfunción, el cerebro entra en un estado de excepción: las neuronas disparan de forma descontrolada y se interrumpe la comunicación con la corteza cerebral, la zona donde percibimos el mundo de forma consciente.
El resultado, visto desde fuera, es inquietante. El paciente deja de registrar lo que ocurre a su alrededor, se queda mirando al vacío o, como en el caso de Musiala, llega incluso a caer al suelo. “Para los demás, a menudo parece como si estuviera congelado”, resume la especialista.
Por dentro, todo es igual de brusco. “La mayoría de los pacientes no tienen ninguna señal de aviso. Les llega de repente y no tienen posibilidad de reaccionar”, explica Becker. En muchos casos ni siquiera recuerdan el episodio. Cuando termina, siguen como si nada hubiera pasado.
Ese carácter imprevisible abre un escenario que asusta a cualquiera que viva de su cuerpo. ¿Podría Musiala ir a lanzar un penalti y desplomarse en plena carrera? “Sí, es concebible”, admite la neuróloga.
Por qué siempre acaba sustituido
En los dos partidos en los que se desplomó, el internacional alemán fue cambiado de inmediato. Desde fuera, tras verlo levantarse y caminar, alguien podría preguntarse si no sería posible continuar. Desde la medicina profesional, la respuesta es clara.
“En sí mismo, el paciente no tiene un problema cardiovascular, los órganos funcionan con normalidad”, explica Becker. “Aun así, en el deporte profesional, seguir jugando no es posible por motivos de responsabilidad y deber de cuidado”.
Calor, deshidratación, hiperventilación: todos esos factores presentes en un partido de élite pueden disparar nuevas crisis, incluso si el jugador se siente bien al cabo de unos minutos.
El riesgo no se negocia. Menos aún cuando el diagnóstico acaba de salir a la luz.
Una enfermedad que suele aparecer en la infancia
Musiala tiene 23 años. Hasta ahora no se conocían problemas de este tipo. ¿Por qué ahora?
“Normalmente, esta forma de epilepsia aparece entre los cuatro y los diez años”, señala Becker. También existen variantes como la epilepsia de ausencias juvenil, que debuta más tarde. Aun así, admite, “23 años es una edad tardía para el diagnóstico”. Queda una incógnita abierta: si estos episodios ya se producían antes, pero eran tan esporádicos o discretos que nunca habían salido a la superficie pública.
¿Qué puede hacer que, de repente, aumente la frecuencia? La neuróloga apunta a una combinación: predisposición genética y entorno. Altas temperaturas, deshidratación, estrés extremo… todo eso puede multiplicar las crisis o incluso desencadenar la primera.
Lo que no ha tenido ninguna influencia, según Becker, es la grave lesión que sufrió hace alrededor de un año, cuando se fracturó el peroné. “No, eso no tiene nada que ver”, zanja.
Tratamiento, medicación y plazos
En su comunicado, Musiala fue claro: su enfermedad es “tratable”. Becker lo confirma. “Hay medicamentos muy prometedores para la epilepsia de ausencias. La mayoría de los pacientes quedan completamente libres de crisis”.
El tratamiento se basa en fármacos que suprimen las crisis, diseñados para frenar ese disparo descontrolado de neuronas. Se toman a diario como medida preventiva y necesitan entre dos y tres semanas para alcanzar el nivel adecuado en sangre. Durante ese periodo, los médicos controlan con frecuencia los valores y ajustan la dosis si es necesario. Una vez alcanzado el umbral, la protección frente a nuevas crisis suele ser suficiente.
La medicación no es un sprint, sino un fondo. Aunque el paciente deje de sufrir episodios al poco tiempo, el tratamiento se mantiene durante meses o años. En niños, existe la posibilidad de que en la edad adulta puedan prescindir de los fármacos y seguir sin crisis. Cuando la enfermedad aparece más tarde, como en el caso actual, la terapia de por vida entra en el escenario. “No se puede responder de forma general, varía de una persona a otra”, subraya Becker.
La “terapia de elección”, según la neuróloga, es el ethosuximida. Es un medicamento, dice, “en principio muy bien tolerado”, aunque puede provocar dolores de cabeza y cansancio. Otra opción eficaz es el ácido valproico, con un perfil de efectos secundarios más duro: aumento de peso, caída del cabello, somnolencia. Cada caso exige probar y ajustar hasta encontrar el fármaco que mejor encaje. La buena noticia: “La mayoría de los pacientes toleran bien ambos medicamentos”.
¿Y ahora qué pasa con su carrera?
La gran pregunta, inevitable, apunta al futuro deportivo del jugador. ¿Pone esta epilepsia en jaque su carrera al máximo nivel?
Becker es tajante: “Con esta forma de epilepsia no tengo preocupaciones respecto a su futuro profesional”.
El matiz llega en el corto plazo. En la fase de ajuste de la medicación, que previsiblemente comienza ahora, Musiala tendrá que levantar el pie. Darle tiempo al cuerpo para adaptarse al nuevo escenario químico.
No se trata solo de evitar nuevas crisis, sino de asegurarse de que los posibles efectos secundarios –cansancio, por ejemplo– no le pasen factura sobre el césped.
Durante años, el internacional alemán ha hablado con entusiasmo de su trabajo en neuro-atletismo, un entrenamiento que busca optimizar la comunicación entre cerebro y cuerpo. Una parte de la afición se pregunta si ese énfasis escondía ya algún conocimiento previo de sus problemas. Becker, sin embargo, no ve una relación directa demostrada en lo que ha trascendido. El diagnóstico ha llegado ahora, con luz y taquígrafos.
El resto será cuestión de tiempo, controles médicos y gestión deportiva. El talento está intacto. La pregunta, a partir de aquí, es cuánto tardará Jamal Musiala en volver a jugar como si esos segundos de vacío nunca hubieran existido.






