Lamine Yamal: De la corona invisible a la bandera de Palestina
Lamine Yamal empezó la liga con una corona invisible y la terminó con una bandera en la mano. El 10 del Barça, heredero de Kubala, Luis Suárez, Maradona, Rivaldo, Ronaldinho y Messi, abrió la temporada 2025‑26 con un gol en el último suspiro ante el Mallorca. Era su primer tanto como profesional a todos los efectos, su mayoría de edad futbolística, y lo celebró como si se proclamara rey de una liga que entonces apenas despertaba.
Nueve meses después, subido al techo del autobús en la rúa del campeón, levantó otra cosa: una bandera de Palestina. Tenía 18 años. “Hablé con él. Si quiere hacerlo, es su decisión. Es suficientemente mayor”, dijo Hansi Flick, el técnico que se ha convertido en su figura paterna, el mismo que reveló que su propio padre había muerto la mañana en la que sellaron el título y decidió compartir el duelo con su “otra familia”. Cuando le preguntaron si alguna vez había sentido tanto cariño, respondió sin dudar: “No, nunca”.
Un campeón sin casa fija y un clásico que sentenció la liga
El Barça había dejado el campeonato prácticamente sentenciado una semana antes, ante el vecino Espanyol, con siete jornadas por jugar. Lamine Yamal corría hacia la línea de meta con los brazos abiertos, como un velocista que sabe que nadie le alcanza. La confirmación matemática llegó en la jornada 35, en un clásico que cerró la liga por primera vez en 94 años.
Aquel duelo llegaba envenenado para el Real Madrid. Tres días antes, un puñetazo en el vestuario había terminado con Fede Valverde en el hospital, con puntos de sutura y un parte médico que hablaba de “trauma craneofacial”, tras una pelea con Aurélien Tchouaméni. Esta vez, el golpe definitivo lo dio Marcus Rashford. El Barça, nómada durante toda la temporada —tres estadios, pleno de victorias en todos ellos—, encadenó en ese clásico su undécimo triunfo consecutivo y el vigésimo tercero en 25 partidos desde el anterior enfrentamiento entre ambos, 600 kilómetros más al oeste.
La fotografía final poco tenía que ver con la de finales de octubre. Entonces, con un Flick inquieto que avisaba de que “el ego mata el éxito”, el equipo se había descompuesto ante Sevilla, Rayo había señalado “la línea Flick” y el Madrid había ganado 2‑1 en el Santiago Bernabéu para ponerse cinco puntos arriba. Aquella noche, Jude Bellingham se burló del discurso de Lamine Yamal, al que tildó de “palabrería barata” al ritmo de A Little Less Conversation, y Dani Carvajal le dedicó el gesto clásico del “hablas demasiado”. El problema, sin embargo, estaba dentro de la propia boca del Madrid: Vinícius Júnior se marchó del campo a 18 minutos del final, enfadado, y Xabi Alonso pidió centrarse “en lo importante”. Al final, eso fue lo importante. El entrenador se quedó solo, las costuras saltaron y las grietas se hicieron abismos.
La Supercopa que el Barça levantó en el siguiente cara a cara entre ambos cerró definitivamente el breve “ciclo” de Alonso, que se marchó al Mundial de Clubes con gesto torcido y regresó antes de lo previsto. Llegó un nuevo técnico, Álvaro Arbeloa, que no supo gobernar el vestuario. Decía todo lo correcto, pero nada encajaba. Invitó a sus jugadores a su sofá gris para que se abrieran, les llevaba donuts cuando ganaban… y casi nunca tocó repartir dulces. “No soy Gandalf”, advirtió. Y no lo fue. En mayo, cuando el deporte ofreció otro clásico, el Madrid ya estaba fuera de Europa, fuera de la Copa y al borde de un colapso nervioso. Noventa minutos después, también estaba fuera de la pelea por la liga, doce puntos por detrás con solo nueve en juego, otra vez con las manos vacías.
Kylian Mbappé ni eso: estaba fuera. Rumbo a Sicilia. Desde allí, cuando el marcador ya mostraba un 2‑0 en contra, escribió: “Let’s go Madrid!”. El grito llegó tarde y sonó hueco.
Florentino, el micrófono y el enemigo equivocado
Dos días después, Florentino Pérez reapareció ante los medios por primera vez en más de una década. Fue un monólogo confuso, un discurso atropellado que no aclaró nada y, a la vez, lo explicó todo. El presidente, al menos, localizó al culpable de la crisis blanca y actuó con contundencia: el problema era el diario ABC. Canceló la suscripción.
Mientras tanto, el Barça ya era campeón. El trofeo se entregó, casi de forma milagrosa, la misma noche en la que se decidió el título, y desde ahí recorrió la ciudad a bordo del autobús. Viajaba acompañado de la Supercopa. No así de la Copa de Europa, la obsesión que sigue pendiente. Tampoco el Madrid pudo levantarla, pese a reservar sus mejores noches para esa competición. No bastó. Villarreal y Athletic se quedaron en la fase de liga; San Mamés solo pudo presumir de un detalle: fue el único estadio en el que el PSG campeón no marcó.
Atlético de Madrid, que había echado al Barça de las dos copas y renunciado hace tiempo a la liga, fue quien más cerca estuvo de Europa grande. Pero se quedó sin nada. Arsenal lo eliminó en su primera semifinal continental en diez años y, en su primera final de Copa del Rey en 13, sufrió una derrota que ya tiene verbo propio: fue “Matarazzoado”. Real Sociedad ganó en los penaltis con una escena inolvidable: el portero suplente detuvo el lanzamiento decisivo y besó en la mejilla a un antiguo recogepelotas que, acto seguido, marcó el penalti del título. Álvaro Odriozola, que ni siquiera jugó, lo resumió así: no lo cambiaría “por nada en la humanidad”.
Europa, milagros feos y la épica según Getafe
El billete para la próxima Champions lo sellaron Barça, Madrid, Atlético y Villarreal, tercero. A ellos se sumó Betis, beneficiado de la nueva quinta plaza. Más abajo, el campeón copero, Real Sociedad, se aseguró otra aventura europea junto a Celta y Getafe. Y ahí empezó una de las historias más improbables del curso.
Pepe Bordalás, técnico del Getafe, anunció que la clasificación “pasaría a la historia del fútbol”. Sonaba exagerado. No tanto si se repasa el punto de partida: el equipo comenzó la temporada con 13 futbolistas del primer equipo disponibles, dos de ellos porteros. Al llegar al ecuador del campeonato, en puestos de descenso, el panorama era tan dramático que Allan Nyom acabó jugando de delantero. “No se lo desearía a nadie”, dijo Bordalás, un hombre que ha hecho pasar tardes muy duras a mucha gente. En enero llegaron cuatro cedidos casi anónimos. En junio, el Getafe era séptimo.
Lo logró a su manera: segundo equipo con menos goles a favor, último en posesión, colista en disparos, primero en faltas. Feo, duro, eficaz. Un milagro con botas embarradas.
En medio de la invasión de campo azulona en la última jornada, entre abrazos y bengalas, se distinguían una docena de camisetas rojas. Eran jugadores de Osasuna. No celebraban nada. Esperaban, pegados a móviles, radios y tabletas, el final del resto de partidos para saber si seguían vivos. Su capitán definió esos minutos como “agonizantes, la peor sensación” de su vida. Cuando por fin se confirmó la salvación, se desató una fiesta conjunta con los hinchas del Getafe y con Nyom, que se quedó hasta asegurarse de que los navarros estaban a salvo antes de ir al vestuario. “Ha sido… raro”, admitió su entrenador, Alesio Lisci.
Raro y cruel. Un mes antes, Osasuna ya había celebrado la permanencia con un gol en el 99 ante el Sevilla. No imaginaban que tendrían que escapar del abismo otra vez. Lo hicieron, esta vez, por deméritos ajenos.
Un descenso sin red y una lucha a mordiscos
Fue esa clase de temporada. Arriba, el guion apenas se movió: los mismos cinco o seis equipos todo el año. Abajo, en cambio, el caos. Caídas súbitas, resurrecciones casi bíblicas. Solo el Real Oviedo se marchó pronto. Regresaba a Primera 24 años después, con Santi Cazorla debutando por fin en la élite con el club al que llegó con ocho años y al que volvió con 38 cobrando el salario mínimo. No hubo espacio para la fábula. Nueve goles en casa en todo el curso, tres entrenadores, dos victorias a domicilio. Adiós sin épica.
Las otras dos plazas de descenso se decidieron a dentelladas. En una liga donde equipos solventes se desplomaban de repente y colistas se volvían brillantes, la distancia entre Europa y el infierno fue mínima durante meses. Nueve clubes llegaron a la penúltima jornada peleando por no caer. Espanyol, Sevilla, Alavés y Valencia respiraron entonces. Cinco llegaron vivos al último día, encadenados entre sí.
En Montilivi, Elche y Girona se jugaron la vida frente a frente. Todo o nada. Un disparo tardío de Thomas Lemar al larguero fue la frontera entre la salvación y el abismo para los catalanes. Cuatro puntos en los últimos ocho partidos condenaron a un equipo que peleó por la liga hace dos temporadas y jugó la Champions el curso pasado. Bajó con 41 puntos, una cifra que habría bastado para salvarse en cualquier otra campaña de la década.
Mallorca acompañó a Girona y Oviedo. Cayó en un triple empate con Osasuna y Levante, los tres con 42 puntos, castigado por la clasificación particular. Se fue a Segunda pese a tener un delantero con 23 goles, una marca que nadie había alcanzado en 26 años.
“Esto duele”, confesó Martín Demichelis, técnico bermellón. “El fútbol ha sido cruel”, lamentó Míchel Sánchez, entrenador del Girona. “Esta liga ha sido una locura”, sentenció Eder Sarabia, del Elche, que sí se salvó. Tenía razón. Y, por fin, todo había terminado.
Rayo, la derrota más hermosa
Quedaba un último acto, el más hermoso de todos. Rayo Vallecano, el club que pasó de ser “el pequeño Rayo” a “Rayo de la hostia Vallecano”, viajó a Alemania para jugar su primera final europea, la de la Conference League. No pudo traer el trofeo de vuelta a Vallecas. Dolió. Y, sin embargo, encajó con la lógica torcida del club más fuera de lugar —y precisamente por eso más querido— del fútbol español.
En la grada de Leipzig, una pancarta resumió la esencia de Rayo mejor que cualquier copa: “No he conocido victoria mayor que estar con vosotros en la derrota”. Difícil discutirlo.
Los premios de una liga desquiciada
La temporada dejó un catálogo de escenas que explican mejor que cualquier estadística el año que se vivió.
El presidente más entrañable fue Raúl Martín Presa, de Rayo, llamando a sus propios aficionados “borrachos, descerebrados y vagos”. El propietario más optimista, Jesús Martínez, que en la jornada ocho, tras destituir al técnico que había logrado el ascenso y mantenía al equipo fuera del descenso, exigió hablar de “puestos europeos” y no de permanencia. Dos días después, el Oviedo entró en la zona roja y ya no salió.
El mejor ambiente se vivió, cómo no, en San Mamés. Lo sorprendente fue el cartel: no jugaba el Athletic, sino Euskadi contra Palestina. El mejor “tifo” llegó con papel higiénico: el Metropolitano se convirtió en el Monumental con una lluvia de rollos de los hinchas del Atlético, imitada poco después por Sevilla. La respuesta de UEFA y LaLiga fue tan previsible como triste: multa.
Hubo un karaoke inolvidable en Vallecas, con la plantilla del Rayo entonando a pleno pulmón A Pirate’s Life junto a los jugadores del CD Yuncos, recién derrotados. Y una fiesta que se convirtió en resaca eterna: la de la Real Sociedad tras ganar su cuarta Copa del Rey. Final que empieza a las 22.00, prórroga, penaltis, salida del estadio a las 2.00. Discoteca del hotel a las 2.39, taxis a un club a las 4.45, autobús al aeropuerto a las 10.15 sin haber dormido, brindis con el duty free en el avión. Uno de los más entonados lo resumió así: “Es el mejor día de mi vida y nos lo vamos a pasar de puta madre”. Lo hicieron. Ese día, el siguiente y el otro, subidos al autobús descapotable, cerveza en mano, insolación incluida, con cientos de miles de personas desatadas en las calles. Y al día siguiente, todavía medio en coma, tocaba preparar un partido. El rival: el Getafe.
Hubo nostalgia silenciosa: Lionel Messi entrando solo, sin avisar, una fría noche de noviembre al Camp Nou, como un aficionado más. Y hubo mala suerte: un hincha del Betis, desesperado por conseguir la camiseta de Cédric Bakambu tras un 3‑0 al Mallorca, se lanzó por la grada, cayó al pie del delantero… y se quedó sin regalo. Bakambu se limitó a mirarlo, perplejo. Otros son distintos: Sergio Herrera, portero de Osasuna, tras ganar en Palma, se llevó toda la equipación del equipo y la repartió en la grada, sin tropiezos ni huesos rotos.
También hubo pillería adolescente: el partido del Oviedo en Mestalla se aplazó 24 horas por un diluvio, dejando a aficionados atrapados en Valencia. El club les ofreció volver al día siguiente en el chárter del equipo. Detalle precioso… hasta que una madre asturiana reconoció a su hijo en la foto del avión. “Oye, Real Oviedo, decidle a mi hijo que hablaré con él cuando llegue a casa”, escribió. El chico, oficialmente, estaba en casa de la abuela.
La afición mejor peinada fue la del Celta. Cuando Borja Iglesias sufrió insultos homófobos por pintarse las uñas, compañeros e hinchas respondieron con los dedos llenos de colores. La portada más directa, la de El Periódico de Aragón: “El Zaragoza se va a la mierda”. No exageraban.
Entrenadores que se caen, milagros que se levantan
El banquillo también dejó personajes. Luis Castro se estrenó resbalando y cayendo de espaldas al devolver un balón. No volvió a hacerlo: condujo al Levante a una salvación que parecía ciencia ficción. El presidente de la Real Sociedad, Jokin Aperribay, llegó a consultar a ChatGPT si Rino Matarazzo era un buen entrenador para el club. La respuesta fue “no”. Cuatro meses después, el italiano levantaba una Copa del Rey histórica.
Bordalás, en medio del sufrimiento, dejó una metáfora perfecta: “Dicen que saco resultados con muy poco, que siempre encuentro la forma de sumar puntos, pero esto es como un lápiz: lo afilas y lo afilas, y al final ya no queda lápiz”. Con lo que quedaba —un trozo y la goma— llevó al Getafe a Europa.
En Sevilla, el director deportivo presentó a Luis García con una frase que sonó a epitafio: “Esto parece un funeral”. En seis semanas, el técnico resucitó al equipo. En Elche, Eder Sarabia resumió su realidad con otra imagen bélica: “Algunos equipos tienen bazucas y tanques; nosotros estamos ahí con una catapulta”. Le bastó para mantenerse en Primera y, encima, jugando bien.
Claudio Giráldez y Manuel Pellegrini volvieron a firmar temporadas notables. Y Hansi Flick, claro, se coronó otra vez. Pero el entrenador del año fue Iñigo Pérez, rumbo a Villarreal tras obrar el milagro en Vallecas. Sin campo propio en condiciones, sin lugar fijo de entrenamiento, sin agua caliente muchas veces, llevó al Rayo a su mejor clasificación histórica y a su primera final europea. Lo hizo con una frase que encaja con lo que se vio: “Es más fácil llegar al éxito a través del amor”. Esta vez, tuvo razón.
Lamine Yamal, el elegido que no se esconde
Quedaba por elegir al jugador del año. Los candidatos sobraban. Carlos Espí, delantero del Levante, firmó 10 goles en los últimos 14 partidos, los únicos que arrancó como titular. Su impacto fue tan brutal que algunos aficionados pidieron el Balón de Oro para él. Vedat Muriqi, al escuchar eso, se llevó el dedo a la sien y sentenció: “Están locos”. Un punto más, y el kosovar, con sus 23 goles, quizá habría sido el héroe salvador del Mallorca y de paso el mejor del curso.
Joan García, portero del Barça, dejó la parada del año en un derbi ante el Espanyol, una acción que Lamine Yamal describió así: “Madre de Dios bendito, qué portero”. Pero al final todo vuelve al chico del 10.
Con 24 goles y 11 asistencias en todas las competiciones, Lamine Yamal fue más determinante que nadie. No solo por los números, sino por el tramo en el que los firmó: ese sprint final en el que el Barça dejó atrás sus dudas, sus egos y sus estadios prestados para cruzar la meta con una autoridad que nadie imaginaba en octubre.
“Me gustaría ser todo lo que todos quieren que sea”, dijo en una ocasión. En esa frase caben la presión, el vértigo y la ambición. También el futuro inmediato de una liga que, entre coronaciones, banderas, broncas y milagros, ya tiene nuevo dueño del 10 y una pregunta inevitable: ¿quién se atreve ahora a quitárselo del trono?






