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Liverpool: un final de temporada que sabe a fracaso

El último día de la temporada en Anfield no sonó a celebración. Sonó a consuelo. El Kop entonó a Bob Marley, “every little thing is gonna be alright”, como si intentara convencerse de algo que nadie en el estadio terminaba de creer: que todo va a ir bien después de un curso que ha sido, sin matices, un fracaso.

Mientras los aficionados despedían a dos jugadores que habían sido pilares en la transformación del club durante los últimos nueve años, el ambiente olía a cierre de ciclo. La mitad de la plantilla que heredó Arne Slot hace solo dos años ya se ha marchado. Y no serán los últimos: Mo Salah y Andy Robertson encabezan una lista de salidas que amenaza con vaciar de referentes el vestuario este verano.

Un quinto puesto que sabe a nada

El 1-1 ante el Brentford aseguró la clasificación para la próxima Champions League. Nada más. Nada menos, dirán algunos. Pero para el Liverpool actual, para su historia reciente y para la exigencia que han impuesto Salah, Virgil van Dijk, Robertson y compañía, es un consuelo muy pobre.

Sesenta puntos y un quinto puesto. No hay forma de maquillar eso. En la Premier de la temporada pasada, esa cifra te dejaba noveno, fuera de Europa. Hace dos cursos, séptimo, también sin billete continental. Tres años atrás, de nuevo noveno. Esta vez alcanza para la Champions, sí, pero solo porque el nivel medio de la liga ha permitido un listón históricamente bajo: es la puntuación más escasa para entrar en la máxima competición europea desde la 2003/04, aquella en la que Gerard Houllier se marchó de mutuo acuerdo, con fotos de despedida sobre el césped de Anfield.

El tramo final fue un calvario. Solo cuatro victorias en los últimos 14 partidos en todas las competiciones. Ningún triunfo en las últimas cuatro jornadas de liga. Un equipo que se arrastró hacia la línea de meta más que competirla. Una temporada con el porcentaje de victorias más bajo de la última década: apenas 17 triunfos ligueros.

Salah, que se va tras nueve años extraordinarios, no escondió su preocupación. No habló de transición. Habló de estándares incumplidos. Y su voz pesa en el ecosistema emocional del club.

Un entrenador en la grada, un ídolo en el césped

El final del partido ofreció una imagen que muchos en la grada no pasaron por alto. Mientras los jugadores daban la vuelta de agradecimiento al estadio, Slot se quedó sentado en el banquillo, gesto serio, aislado. El técnico neerlandés explicó después que estaba reflexivo, que no había intención negativa. Pero el matiz se pierde cuando la imagen ya se ha instalado en el imaginario del hincha.

La vuelta al campo en Anfield no es un trámite. Es un ritual compartido. Es el momento en el que la plantilla mira a los ojos a su gente tras meses de viaje juntos. Slot desperdició una oportunidad evidente para estrechar lazos con una afición que ha soportado una campaña de golpes constantes. En lugar de mostrarse cercano, apareció distante.

En el otro extremo, Salah volvió a recordar por qué se ha convertido en algo más que un goleador para este club. “Ellos no se preocupan tanto por el resultado mientras sudes y des tu sangre aquí, te amarán para siempre”, dijo a Sky Sports sobre los aficionados. Es la esencia de Anfield comprimida en una frase: puedes perder, pero no puedes dejar de competir. Caminar a través de la tormenta, pero juntos.

Y la tormenta, esta temporada, ha sido real. Desde la tragedia del fallecimiento de Diogo Jota en pretemporada hasta una sucesión de lesiones que Slot ha utilizado como explicación recurrente del desplome del equipo.

Las lesiones como coartada… y una contradicción evidente

“Si tuviera que describir esta temporada con una palabra, sería ‘lesión’”, resumió Slot en su comparecencia tras el empate ante el Brentford. Nadie en Liverpool niega el impacto del parte médico. Pero la frase choca frontalmente con otra, suya también, de octubre: “Es una decisión que hemos tomado juntos, creo completamente en esto, porque si tienes 25 jugadores es muy difícil gestionar la plantilla”.

No se puede jugar a las dos cosas. No puedes defender un grupo corto y, a la vez, lamentarte durante meses de que no tienes recursos suficientes, de que los futbolistas no aguantan jugar entre semana y fin de semana, de que los cambios desde el banquillo no marcan diferencias y de que encajas goles en los tramos finales.

Con una Champions ampliada y una Premier cada vez más exigente, las plantillas extensas ya no son un lujo, son una necesidad. Más aún si entras en la temporada sabiendo que algunos fichajes no están preparados para acumular 90 minutos cada tres días. ¿Por qué se dejó al Liverpool tan corto de efectivos?

Los datos de uso de la plantilla son demoledores. Trey Nyoni, mediocentro de 18 años, debutante con Jürgen Klopp a los 16, terminó el curso con solo 21 minutos de liga. Federico Chiesa sumó 318 minutos ligueros. Wataru Endo, apenas 170. Kieran Morrison, capitán del Sub-21 y jugador del año en esa categoría, fue suplente en 13 ocasiones y solo pisó el césped una vez, cinco minutos en una victoria copera en el campo del Wolves.

En la práctica, la plantilla era todavía más pequeña de lo que marcaba la lista oficial. Por decisión del propio Slot, que no terminó de confiar en varios de esos nombres. Y todo eso sin entrar en el episodio que indignó a más de uno en el club: la ausencia de una cláusula para recuperar a Harvey Elliott en enero, justo cuando el equipo clamaba por calidad desde el banquillo para la segunda mitad de la temporada.

Goleadas en las copas y un mensaje que no cala

Slot ha insistido en que las salidas de la FA Cup y de la Champions, ambas con derrotas por 4-0, se produjeron ante el futuro campeón del torneo: Man City en Wembley, PSG en Europa, un equipo que no ha perdido una eliminatoria continental a doble partido en dos años.

El argumento no convence en Anfield. No a una hinchada que se acostumbró a pelear por todo y que no se consuela con caer ante el campeón, y menos aún con marcadores tan abultados y en medio de una racha de cuatro derrotas en cinco encuentros. Tampoco encaja con el discurso de los pesos pesados del vestuario. Van Dijk, Robertson, Salah y Curtis Jones han repetido el mismo mensaje: la temporada está por debajo de los estándares del Liverpool.

Salah lo dejó claro en su último día en el AXA Training Centre: “Estar en Liverpool, ganar algo para Liverpool y ganar partidos es lo mejor que te puede pasar”. No habló de objetivos mínimos, ni de clasificaciones “aceptables”. Habló de ganar.

Slot, por su parte, trató de colocar la clasificación para la Champions como “nuestra base más baja”, subrayando que clubes grandes como Chelsea o Tottenham ni siquiera jugarán Europa el próximo curso. Una parte de la afición interpretó esas palabras como una rebaja de la exigencia. En Liverpool no se mide el éxito por comparación con otros grandes en crisis, sino por la capacidad de luchar por los títulos más importantes. Cualquier cosa por debajo de eso, aquí, es fracaso.

Hubo un momento en el curso que pareció ofrecer un respiro: una racha de 13 partidos sin perder tras el 4-1 encajado en casa ante el PSV, probablemente el punto más bajo del año. Pero incluso esa serie invicta escondía grietas profundas: empates ante Leeds (dos veces), Burnley y Fulham, y unas siete victorias en las que se cuentan rivales como Barnsley en la FA Cup y un West Ham que acabaría descendiendo.

Verano de salidas, dudas en los despachos y un futuro turbio

La sensación de transición permanente se ha instalado en Anfield. Slot afronta su último año de contrato sin garantías claras sobre su continuidad más allá de 2026. Lo mismo ocurre con dos figuras clave en la estructura deportiva: Richard Hughes y Michael Edwards, cuyos acuerdos también expiran el próximo verano. La incertidumbre no solo está en el césped.

En el vestuario, el escenario es aún más volátil. Hasta nueve jugadores del primer equipo podrían salir en los próximos meses. Salah y Robertson, ya encaminados hacia la puerta. Ibrahima Konaté, sin contrato. Chiesa y Endo, candidatos claros a ser traspasados. Curtis Jones, pretendido por el Inter de Milán y con solo un año de vínculo, es otro que se da prácticamente por perdido. Alisson está en la agenda de la Juventus. Joe Gomez entra en su último año. Alexis Mac Allister podría marcharse si llega una oferta adecuada.

Si nada se tuerce, el máximo goleador de la plantilla para la próxima temporada será Cody Gakpo. El segundo, un central: Virgil van Dijk. Un dato que explica por sí solo la magnitud del trabajo que espera al club en el mercado.

Slot ha admitido que se avecina otro verano de “algo de transición”, aunque insiste en que no será tan “drástico” como el anterior. La realidad apunta a lo contrario: con tantos pesos pesados en la rampa de salida, el Liverpool necesita cirugía mayor, no simples retoques.

Mientras el Kop cantaba que no hay que “preocuparse por nada”, miles de aficionados abandonaban Anfield con una idea muy distinta en la cabeza. El pasado reciente les recuerda que de las grandes reconstrucciones pueden nacer equipos legendarios. Los años noventa, en cambio, les advierten de cuánto puede costar equivocarse en este punto del camino.

La próxima temporada dirá si este Liverpool está a las puertas de una nueva era dorada o si, como temen los más veteranos, se asoma a otro largo periodo de mediocridad.

Liverpool: un final de temporada que sabe a fracaso