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La segunda vida de Jackie Bachteler en Burnley

El domingo, en Turf Moor, Jackie Bachteler bajará por primera vez los escalones del banquillo de Burnley como entrenadora del primer equipo femenino. Será un debut cargado de fútbol, sí, pero sobre todo de supervivencia. Hace nueve meses, la estadounidense no sabía si volvería a caminar con normalidad. Mucho menos si volvería a dirigir un partido.

En diciembre llegó desde San Diego para incorporarse al cuerpo técnico de Burnley, con funciones en el equipo femenino y en la academia masculina. Nuevo país, nuevo club, nueva liga. El típico vértigo de cualquier salto profesional. Durante unas semanas, pensó que el cansancio, el cambio horario y el ritmo del fútbol inglés le habían pasado factura. Un resfriado, se decía.

Hasta que una mañana, en el campo de entrenamiento, todo se vino abajo.

Entró en la instalación y “toda la habitación empezó a dar vueltas”. Buscó aire fresco, pero le faltaba el aliento. Llamó al médico del club. El doctor del equipo masculino estaba allí y la examinó de inmediato. La tensión arterial se desplomó, los niveles de oxígeno cayeron en picado. De golpe, ambulancia y hospital. Sin tiempo para procesarlo, Bachteler empezó a pensar en lo peor.

En urgencias le trataron los pulmones y, al principio, intentaron darle el alta. Ella insistió: algo no encajaba. Pidió más pruebas. Cuando volvieron a tomarle la tensión, volvió a caer. No podía mantenerse en pie, estaba mareada, confundida, con manchas en la piel. Un análisis de sangre encendió todas las alarmas: de repente, cuatro o cinco médicos corriendo hacia su camilla, dos vías intravenosas, fluidos, antibióticos, mascarilla de oxígeno. Diagnóstico: sepsis. Una infección que se había convertido en una amenaza real para su vida.

Sola, en una UCI, a miles de kilómetros de casa

La ingresaron en la unidad de cuidados intensivos. Pasó varios días allí, con analíticas cada 20 minutos, con los médicos vigilando el funcionamiento de sus órganos. Su familia, en Estados Unidos, no podía viajar. Su esposa, en Finlandia, atrapada por una tormenta de nieve. Jackie, sola en un hospital inglés, sin entender del todo qué estaba ocurriendo.

El tercer día intentó levantarse de la cama. No pudo. Las enfermeras le dijeron que no caminara. Una frase que, en ese contexto, suena a sirena de alarma. Tratamiento tras tratamiento pulmonar, bolsas de suero, antibióticos, ayuda hasta para ir al baño. Cara a cara con su propia fragilidad.

Estuvo tan cerca del límite que la perspectiva cambió para siempre. Tuvo que aprender a caminar de nuevo. Su carrera como entrenadora quedó en pausa durante meses. Burnley la recuperó en julio, ya como nueva entrenadora del equipo femenino, pero el regreso no significa que todo haya terminado.

Bachteler convive todavía con el síndrome post-sepsis. Mareos, fatiga extrema, niebla mental, pérdidas de memoria, temblores cuando el cuerpo se exige demasiado. Su día a día se ha convertido en una gestión constante de energías.

En un amistoso de pretemporada, hace apenas unas semanas, volvió a sentir el abismo. El sol de cara al banquillo, el calor pegando fuerte. Se levantó en la segunda parte y el mundo se le movió como si hubiera bebido demasiado. Terminó de dar las instrucciones, habló con el equipo y luego se fue directa a la cafetería del complejo para pedir algo tan insólito como revelador: sentarse en el congelador para intentar estabilizarse. Acabó llorando. El sistema nervioso todavía está en proceso de recomposición. Nada de eso es fácil.

Un club que la sostuvo… y le salvó la vida

En todo este trayecto, Burnley ha sido algo más que un empleador. Para Jackie, literalmente, un salvavidas. Ella misma reconoce que los médicos del club le salvaron la vida al reaccionar rápido y al insistir en las pruebas. El club la puso en contacto con un especialista respiratorio y la rodeó de apoyo.

Jugadoras, técnicos, personal de la entidad: mensajes, comprensión, reparto de tareas. Bachteler ha delegado funciones en su cuerpo técnico, al que define como “fenomenal”. Ha aprendido a apoyarse en otros, a gestionar desde otra posición física, sin dejar de mandar ni de construir un proyecto.

La familia también ha sido un pilar, aunque a veces la carga emocional se ha hecho insoportable. Recuerda una escena en mayo, con sus padres recién llegados desde Estados Unidos. Salieron a comer el típico Sunday dinner. El ruido del local, la fatiga, el mareo. Tuvo que irse. De camino de vuelta, empezó a temblar y a desorientarse. Sus padres, al verla así, rompieron a llorar. Para ellos, dice, fue incluso más duro. Aún hoy se emociona al hablar de su familia en relación con la enfermedad.

Cuando por fin su esposa pudo verla en el hospital, se echó a llorar al comprobar cuánto peso había perdido. Jackie siempre había sido atlética, fuerte, en forma. De repente, no podía bajar unas escaleras sin que la sujetaran.

El fútbol, en su sitio

La entrenadora sigue con terapia respiratoria para recuperar la capacidad pulmonar. Los mareos siguen apareciendo, la fatiga la obliga a medir cada esfuerzo, la memoria a veces se resiente. Aun así, siente que va en la dirección correcta. Calcula que está “al 70-80%” de lo que era. Suficiente para trabajar, para entrenar, para dirigir. Y, sobre todo, para valorar cada día que sale del club caminando por su propio pie.

Tiene claro que estuvo muy cerca de no contarlo. Y que una sola decisión distinta aquella noche en urgencias —aceptar el alta— habría cambiado todo. “Si me hubiera ido a casa, hoy no estaría aquí”, asume.

Esa cercanía con la muerte ha recolocado el fútbol en su escala de prioridades. Una derrota es una derrota. Duele, sí, pero ya no es el fin del mundo. Cree firmemente en lo que hace y en la gente con la que lo hace. Y ahora, lo peor que puede pasar en su trabajo es perder un partido. Nada más.

Un debut con mensaje en el Día Mundial de la Sepsis

Este domingo, Burnley recibe a Sunderland en la Women’s Super League 2, a las 14:00 BST, en Turf Moor. Para el club, un partido importante. Para Jackie, mucho más que eso. Su estreno en el banquillo coincide con el Día Mundial de la Sepsis, una fecha que hoy siente como propia.

Antes de enfermar, casi no sabía qué era la sepsis. Le sonaba a término médico de serie de televisión. Descubrió después que es una de las principales causas de muerte a nivel global, que se pasa por alto con demasiada frecuencia y que a menudo los diagnósticos llegan tarde. “Es un asesino silencioso”, repite. Le impresiona la cantidad de personas afectadas y la poca conciencia que existe en torno a la enfermedad.

Quiere usar el foco del partido para algo más que hablar de alineaciones y sistemas. Quiere que la gente reconozca los síntomas, que sepa que no está sola, que entienda que más de la mitad de los supervivientes arrastran un síndrome post-sepsis que condiciona su vida. Quiere que su historia sirva.

Por eso, cuando pise el césped de Turf Moor, no será solo una entrenadora cumpliendo un sueño profesional. Será alguien que estuvo a un paso de no volver a sentir el olor del césped húmedo, el murmullo de la grada, la adrenalina del banquillo. Alguien que ahora vive cada partido como un pequeño triunfo vital.

Y que, en el Día Mundial de la Sepsis, se planta en la banda para dirigir a Burnley con una pregunta latente: ¿hasta dónde puede llegar un equipo guiado por alguien que ya ha ganado el partido más difícil de todos?