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Una semana sin fútbol: reflexiones sobre el Mundial

El Mundial se ha detenido durante 63 largas horas, pero el balón sigue rodando en la cabeza de todos. En los bares casi vacíos, en los aeropuertos con billetes comprados a ciegas, en los debates sobre formatos imposibles y en las comparaciones eternas entre genios. No hay partido, pero el fútbol no descansa.

Un viaje a Atlanta, una voz perdida y un sueño llamado Messi

En Nueva Jersey, la lluvia convirtió el MetLife en algo parecido a una cárcel de hormigón. Aun así, una madre celebró allí sus 70 años viendo a Panamá e Inglaterra. Un par de semanas después, el mismo aficionado que la acompañó decidió ir un paso más allá: reservar, a lo loco, entradas para la semifinal de Atlanta antes de saber siquiera si Inglaterra estaría allí.

Cinco hijos en casa y otro en camino. Ansiedad por las nubes. ¿Reservar o no reservar? Cuando llegó el “sí” definitivo de su pareja, todo se desencadenó: entradas para él y su hijo de ocho años, vuelo de Manchester a Atlanta vía París, hotel junto al estadio. Precios disparatados, pero el tipo apretó los dientes y tiró para adelante.

Vio el partido del sábado casi sin poder mirar. Ahora ha perdido la voz, pero su hijo Digby no puede creer lo que viene: verá a Inglaterra en una semifinal de Mundial y, quizá, el último partido de Lionel Messi con su selección. Memorias para toda la vida. Siempre que Inglaterra se atreva a robarle el guion a la historia.

Messi, Diego y la medida de lo imposible

En este Mundial que amenaza con convertirse en el último baile de Messi con Argentina, la sombra de Diego Maradona nunca está lejos. Hay quien coloca a Messi como el mejor de todos los tiempos por pura lógica: una carrera interminable, regularidad monstruosa, títulos y registros a un nivel casi inhumano.

Pero hay un mes que sigue marcando el listón de lo que puede hacer un solo futbolista: México 86. Maradona en ese torneo, y en la temporada posterior llevando al Napoli a su primer scudetto, rozó un techo que muchos aún consideran inalcanzable.

Para un niño de siete años, aquel segundo gol de Diego a Inglaterra fue un engaño piadoso. Parecía que eso —coger la pelota, regatear a todos los que se interponen y definir— era algo que podía ocurrir de vez en cuando. La realidad tardó años en imponerse: eso solo lo hacía Diego. Nadie ha desmontado tanto la idea de que el fútbol es un juego de equipo como él en aquel Mundial.

Y ahora, décadas después, el mismo duelo de camisetas, otra vez cargado de memoria y mito, se asoma en el horizonte. No es un simple partido; es una conversación continua entre generaciones.

Francia, el ogro al que todos miran

Mientras tanto, el gran monstruo competitivo del momento se llama Francia. La pregunta flota en el aire: ¿quién puede con ellos?

España parece el candidato más sólido. El regreso de Rodri a su mejor versión, más cercano al futbolista dominante de antes de su lesión, le da al equipo una columna vertebral fiable. Pero el plan necesita algo más: Lamine Yamal todavía no está al cien por cien, y sin su desequilibrio pleno, la selección pierde filo en los metros finales.

Inglaterra tiene piernas para correr más que Francia en el centro del campo. Juventud, físico, intensidad. El problema se esconde atrás: una defensa que, a lo largo de un partido grande, puede terminar pagando cada error. Y en este tipo de cruces, un solo fallo suele costar demasiado.

Argentina se apoya en Messi y en el instinto de supervivencia que siempre ha tenido la albiceleste, pero el centro del campo no intimida como antes. Falta peso, falta mando. Ante una selección francesa que domina esa zona, la cuesta se hace muy empinada.

Portugal, un Ferrari conducido con freno de mano

En paralelo, Portugal sigue siendo uno de los grandes misterios del torneo. Sobre el papel, pocas selecciones pueden presumir de un centro del campo con dos campeones de Europa en clubes y, por delante, un mediapunta del nivel de Bruno Fernandes. Aun así, el equipo se atasca, juega gris, se aleja de lo que promete su plantilla.

La gestión de Roberto Martínez está en el punto de mira. ¿Cómo es posible juntar tanto talento y ofrecer tan poco? Dejar fuera a Bernardo Silva casi nunca es la respuesta a un problema. Quitar del campo a Bruno antes de tiempo, tampoco. Bruno necesita minutos porque es de esos futbolistas que insisten, que prueban, que fuerzan la jugada diferente. Si le recortas veinte minutos, le quitas también veinte minutos de riesgo, de ese pase que rompe un partido.

Con todo ese potencial, la sensación es clara: este equipo debería intimidar mucho más de lo que lo hace.

Tuchel y Bellingham: tensión de alta competición

En otro rincón del mapa futbolístico, el cruce de palabras entre Thomas Tuchel y Jude Bellingham ha encendido titulares. Dos personalidades fuertes, dos competitivos extremos. La escena, en caliente, parece la antesala de un conflicto largo.

La realidad suele ser menos dramática. Ambos viven para ganar, se necesitan mutuamente y saben que su relación deportiva vale más que un intercambio agrio en plena descarga de adrenalina. Lo normal es que el episodio se diluya. Si es que alguna vez llegó a ser algo más que un chispazo de vestuario.

El Mundial que cambia de forma

Por encima de los partidos, la gran batalla se libra en los despachos. El Mundial se expande, se estira, se deforma. De 32 equipos a 48, y ya hay quien defiende un salto a 64 selecciones. El instinto se rebela: parece demasiado, suena a negocio antes que a fútbol. Pero el debate no es tan simple.

Hay un argumento potente a favor del crecimiento: la distancia entre la selección número 48 del ranking y la 64 no es tan grande como antes. Ampliar el cuadro no tiene por qué diluir la calidad. Además, el formato actual tiene un problema evidente: los terceros de grupo que se cuelan en octavos. Se juegan 72 partidos para eliminar solo a 16 equipos. Demasiado ruido para tan poco corte.

Un Mundial de 64 permitiría recuperar algo más limpio: solo pasan los dos primeros de cada grupo. Más riesgo, menos cálculo, más finales adelantadas en la fase inicial. Y un premio enorme para países que hoy miran el torneo desde fuera.

La otra cara del asunto es brutalmente práctica: ¿quién puede organizar algo así? No se trata solo de estadios. Hablamos de hoteles, centros de entrenamiento, transporte, infraestructuras para medios. El riesgo es claro: que el Mundial quede reservado a un puñado de países capaces de soportar semejante carga.

La contradicción es evidente. Más equipos significan más voces, más historias, más culturas en el gran escenario. Pero también un torneo más pesado, más difícil de gestionar, más vulnerable a los intereses de quienes solo ven cifras.

Pubs llenos, cajas vacías

Mientras los dirigentes juegan con números, los bares viven su propio Mundial. No todos ganan. En Stourbridge, el Shovel Inn, el pub del pueblo donde nació Jude Bellingham, se prepara para bajar la persiana después del torneo.

Su dueño, Steve Hopkins, ha visto seis Mundiales desde detrás de la barra. Casi todos fueron una bendición para la caja. Este no. La gente llega tarde, a última hora, o directamente se queda en casa. Antes, un partido de las 20.00 significaba un local lleno desde las tres o las cuatro de la tarde. Ahora, ni eso.

El cambio de costumbres tras la pandemia pesa. “Es otra forma de vida”, resume. Un buen día de Mundial podría dejarle unas 3.000 libras. Para esta semifinal, si llega a 1.000, se dará por satisfecho. Un contraste brutal con la imagen que se vende de un país entero paralizado frente a la pantalla.

El fútbol sigue generando pasión, pero no siempre negocio. Y ahí, en ese hueco, muchos locales se están quedando atrás.

Entre el recuerdo y lo que viene

En esta semana final del Mundial, el torneo parece vivir en dos tiempos. Uno, el de la nostalgia: México 86, Maradona, las primeras memorias de infancia. Otro, el de la incertidumbre: formatos nuevos, selecciones gigantes que no terminan de arrancar, bares que se vacían mientras las audiencias globales se disparan.

No hay partidos durante unas horas, pero hay decisiones que marcarán décadas. ¿Será este el último gran escenario de Messi con Argentina? ¿Veremos algún día a otro futbolista hacer lo que hizo Diego en aquel mes irrepetible? ¿Podrá alguien tumbar a esta Francia? ¿Y cuántos Mundiales más podrán seguir reconociéndose a sí mismos cuando vuelvan a cambiar las reglas del juego?

Las respuestas no llegarán en un despacho. Llegarán, como siempre, cuando el balón vuelva a rodar. Y ya falta muy poco.