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El viaje imposible de Irak hacia el Mundial

La última plaza para el Mundial no se ganó en Monterrey. Se ganó mucho antes, en carreteras destrozadas, en controles militares, en noches interminables de autobús rumbo a una frontera abierta a medias. El 2-1 ante Bolivia en México fue el broche; la historia real se escribió en el camino.

Con el país arrastrado de nuevo por la guerra en Oriente Medio y el espacio aéreo cerrado, la selección iraquí tuvo que inventarse una ruta hacia su primera Copa del Mundo en cuatro décadas. Nada se pareció a una preparación moderna de élite. Todo sonó a fútbol de supervivencia.

“Tenían que viajar desde distintas ciudades a Bagdad en coche o autobús. Algunos trayectos duraron hasta ocho horas”, cuenta René Meulensteen, asistente del seleccionador Graham Arnold.

Desde la capital, el plan rozaba lo absurdo: unas 15 horas por carreteras bacheadas hasta Amán, en Jordania, uno de los pocos puntos donde todavía despegaban aviones.

Los jugadores que militan en clubes asiáticos se las apañaron para llegar también a Amán. Solo entonces pudieron reunirse todos. La FIFA había preparado un chárter privado, pero el equipo se topó con una espera de nueve horas. Después, ocho horas de vuelo hasta Lisboa, dos horas de escala y, por fin, otras 12 horas rumbo a México.

Para el hombre que fue entrenador en el staff de Sir Alex Ferguson en Manchester United, aquello era la antítesis de la élite. Y, sin embargo, se trataba, como él mismo lo define, del “partido más importante de sus vidas”.

Llegaron a tiempo para recuperar algo de piernas y cabeza. Y cuando el balón echó a rodar en Monterrey, Irak encontró lo que llevaba 40 años buscando. Victoria 2-1 ante Bolivia, billete al Mundial y un estadio con acento mexicano pero alma compartida.

“Todas las entradas restantes se dieron a aficionados locales, así que había muchísimos mexicanos, junto a un gran grupo de iraquíes residentes en Estados Unidos”, relata Meulensteen. La atmósfera, lejos de intimidar, empujó.

El escenario tenía algo de destino. México fue la sede de la única participación mundialista de Irak, en 1986. “Les dijimos a los jugadores: ‘Tomemos conciencia del viaje que hemos hecho para llegar hasta aquí y quizá este partido tenía que ser aquí, donde se jugó el anterior Mundial de Irak’”, explica el técnico neerlandés.

En Bagdad, mientras tanto, el amanecer se convirtió en un estallido. “Fue una auténtica locura. Era temprano por la mañana y me enseñaron vídeos de las celebraciones”, recuerda. Un país exhausto, golpeado durante décadas, encontró un motivo para salir a la calle. “La nación entera llevaba mucho tiempo deseando algo que celebrar. Esto da una enorme dosis de energía y esperanza. Se nota el orgullo, hay un auténtico sentimiento de bienestar”.

No es la primera vez que el fútbol ofrece una rendija de luz en medio del caos. Ahí están el cuarto puesto en los Juegos Olímpicos de 2004, donde derrotaron a la Portugal de Cristiano Ronaldo, o la Copa de Asia levantada en 2007, un título que, por un instante, unió a un país roto por la guerra civil. También en 1986 y en aquellos Juegos de Atenas, el balón rodó sobre un telón de fondo de conflicto.

“Irak sigue siendo un país que siente de verdad las secuelas de la segunda guerra del Golfo. Se ve en las ciudades. Se están recuperando, pero a nivel logístico y organizativo no puedes compararlo con Dubái o con lugares de Arabia Saudí”, describe Meulensteen. El contraste con los rivales que le esperan en el Mundial es brutal.

Un grupo de hierro

El sorteo no tuvo piedad. Francia, Senegal y Noruega. Tres selecciones asentadas, tres estructuras sólidas, tres estilos muy distintos. “Es como Manchester United contra Grimsby”, suelta Meulensteen, tirando de una metáfora que en Inglaterra no necesita explicación: gigantes contra modestos. Aunque, como recuerda, aquel Grimsby ganó ese duelo de Copa el pasado agosto. El mensaje es claro: nadie está a salvo.

El neerlandés ya sabe lo que es desafiar la lógica con Arnold. Lo hicieron con Australia en el último Mundial. “Teníamos a Francia, Dinamarca y Túnez en el grupo y tampoco nos daban muchas opciones”, recuerda. Australia acabó eliminando a Dinamarca y Túnez y llevó al límite a Argentina en octavos. El patrón se repite: un equipo sin cartel, un grupo durísimo, un plan basado en la sorpresa.

“Ahí está nuestra mayor fortaleza: el elemento sorpresa”, insiste. Irak no solo llega tarde a la fiesta mundialista; llega sin complejos.

La selección mezcla futbolistas nacidos en el país con otros de ascendencia iraquí repartidos por el mundo. No todos hablan árabe, lo que añade un reto más al día a día. Meulensteen, que vivió sus primeros años como técnico en Qatar, maneja un nivel intermedio del idioma. Para dar aquel salto en 1993 tuvo incluso que casarse con su novia, porque convivir sin matrimonio no estaba permitido.

Su propia carrera es, en cierto modo, un recorrido paralelo de adaptación constante. De Qatar a Manchester, pasando por una recomendación clave. Lee Kershaw, entonces director de la academia de United, lo incorporó al club tras el aval de Dave Mackay, que lo había conocido como seleccionador sub-17 de Qatar.

Primero, la base. Luego, las estrellas

En Old Trafford empezó en la academia, pero pronto dio un paso más: trabajo individualizado con jugadores del primer equipo. Ese rol se intensificó a partir de 2007, tras una breve etapa como primer entrenador de Brøndby. Ahí, en el corazón del United campeón, estrechó lazos con Cristiano Ronaldo.

“Tuve varias sesiones con él dentro y fuera del campo, usando vídeos para mostrarle ciertas cosas. Nos centramos en los aspectos clave de la definición, dividiendo el área en zonas para que tomara conciencia de su posicionamiento, del tipo de centros que llegaban y del mejor remate para cada situación”, explica. El objetivo no era embellecer aún más el repertorio del portugués, sino afilarlo.

En términos simples: menos filigrana, más puñal. “Le dije que todo tenía que ver con ser lo más imprevisible posible, variar su juego… Con los años, lo dominó a la perfección”.

Lo que más le impresionó no fue el talento, sino la obsesión. “Lo que realmente destacaba en Cristiano era su ansia de perfección. Y sigue siendo así”. En Carrington, recuerda, había una especie de jaula con paredes de rebote. “Después del entrenamiento, muchas veces se metía ahí solo otros 10 o 15 minutos. Yo también le enseñé ejercicios con esas paredes para controlar el balón de formas distintas, creativas. Le encantaba”.

Todo ese trabajo, sobre el césped y en las charlas, acabó convertido en un DVD personalizado. “Básicamente era una presentación con vídeos, en la que también explicaba la importancia de marcarse objetivos, cómo la gente con metas claras tiene mucho más éxito que quienes no las tienen”.

Al inicio de la temporada 2007-08, Meulensteen le preguntó a Ronaldo cuántos goles quería marcar tras los 23 del curso anterior. Cristiano dijo 30. “¿Y por qué no 40?”, replicó él. El portugués aceptó el reto y terminó con 42, con la Premier League y la Champions en el bolsillo.

En el verano de 2008, Meulensteen fue ascendido a entrenador del primer equipo y recibió una tarea mayúscula: diseñar y dirigir las sesiones. Ferguson le resumió en tres hojas de rotafolio cómo debía jugar Manchester United. Ese esquema se convirtió en brújula diaria.

“Cubría principios defensivos y con balón. Pero la última hoja, dijo, era la más importante, porque definía más que nada a Manchester United. Dijo: ‘Cuando ataquemos, quiero hacerlo con velocidad, potencia, penetración e imprevisibilidad. Y quiero que apliques esas cuatro cosas en cada entrenamiento de alguna manera’”. Basta repasar aquellos años dorados para ver esas cuatro palabras en cada contraataque.

De Fulham a Irak, pasando por medio mundo

Tras su salida de United en 2013, el recorrido de Meulensteen fue largo y diverso: Fulham, Estados Unidos, Israel, India, hasta aterrizar en Australia y su aventura mundialista. Cada parada le dejó algo. Hoy lo aplica con Irak, sobre todo en la parte menos visible: la cabeza del jugador.

“Si sienten miedo, les pido que le den una forma. ¿Qué es exactamente ese miedo? Puede ser miedo a las consecuencias de no ganar un partido”, explica. No siempre se puede controlar lo que se cruza por la mente, lo que se oye o se ve. La clave, para él, está en redirigir el foco hacia el deseo: jugar bien, marcar un gol, llegar al Mundial.

Su propuesta no pasa por desmantelar al futbolista, sino por añadir capas. “Les pido que ‘sumen’ cosas a su juego en lugar de cambiarlo todo”. Un matiz que aprendió también de Ferguson, muy consciente del poder de las palabras. “Siempre decía que las dos palabras más importantes para un entrenador son: bien hecho”. En los últimos minutos de las sesiones, el escocés solía pasear, darle una palmada en el hombro y soltar precisamente eso.

De ahí nació una relación estrecha. Meulensteen lo describe como un contador de historias nato, con intereses que van mucho más allá del fútbol. Lee, estudia política, historia, cine. Le fascina la guerra civil estadounidense. En los desplazamientos con United, solían jugar a “Who Wants to Be a Millionaire?” en el iPad del neerlandés. “La cantidad de veces que llegamos hasta el final es increíble. Sabía cosas que yo jamás habría sabido”.

Todavía hoy se ven de vez en cuando para tomar un té. “Nos sentamos hora y media, dos horas, y el tiempo vuela. Es fantástico”. Para Meulensteen, United fue “un periodo precioso” de su vida. Ahora mira al verano con la misma mezcla de ilusión y exigencia.

Porque lo que espera con Irak no es solo un torneo. Es la oportunidad de escribir otra página imposible en un país que lleva demasiado tiempo viviendo entre ruinas. Y esta vez, el balón ya no viaja solo por carreteras llenas de baches; viaja cargado de una pregunta: ¿hasta dónde puede llegar un equipo que ya ha demostrado que nada, ni siquiera una guerra, lo deja fuera de juego?