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Zidane asume el mando de Francia: comienza una nueva era

La espera terminó. Zinedine Zidane vuelve a casa, pero esta vez no para pedir el balón al pie, sino para ocupar el banquillo más caliente del fútbol francés. La Federación Francesa de Fútbol anunció que el mito de Marsella será el nuevo seleccionador de Francia durante los próximos cuatro años, cerrando el largo ciclo de Didier Deschamps tras el Mundial de 2026.

Deschamps se marcha después de más de una década al frente y de un final amargo en Norteamérica: eliminación en semifinales ante la campeona España y derrota frente a Inglaterra en el partido por el tercer puesto. Un cierre gris para una generación que viajó al Mundial señalada como una de las grandes favoritas.

En ese vacío emocional aparece Zidane. No como salvador, pero sí como figura capaz de rearmar el orgullo de una selección que se había acostumbrado a vivir en la élite.

“Siempre he dicho que no hay nada más grande que la selección francesa. Es una alegría y un gran honor convertirme en el seleccionador de Francia. Es también una responsabilidad”, declaró en su presentación, agradeciendo la confianza del presidente Philippe Diallo, del Comité Ejecutivo y de la Federación, y dedicando un guiño a los catorce años de trabajo de Deschamps y su cuerpo técnico. Cerró con una frase que marca el tono de lo que viene: tiene “mucha ambición” para el equipo.

El objetivo es claro: seguir el camino de su antiguo compañero y meterse en el club más exclusivo del fútbol, el de quienes han ganado el Mundial como jugador y como entrenador.

Un regreso de héroe

La llegada de Zidane al banquillo de Les Bleus tiene algo de reparación histórica y mucho de reencuentro con una figura que marcó a varias generaciones. Su currículum como jugador no admite matices.

Con la camiseta azul, Zidane lo ganó todo y lo hizo con una elegancia que convirtió cada control en patrimonio nacional. Fue el faro de la primera estrella mundialista de Francia en 1998, con dos cabezazos inolvidables en la final ante Brasil para sellar el 3-0 y colocar, por primera vez, la estrella sobre el escudo.

Dos años después, volvió a ser decisivo en la conquista de la Eurocopa, completando un ciclo histórico: Francia se convirtió en la primera campeona del mundo capaz de encadenar también el título continental en ese corto intervalo.

El idilio, sin embargo, no terminó con fuegos artificiales, sino con una imagen que dio la vuelta al planeta. Su último partido con la selección fue la final del Mundial 2006 ante Italia. El número 10 acabó expulsado por un cabezazo a Marco Materazzi y vio desde el vestuario cómo Francia caía en la tanda de penaltis. Aquella noche en Berlín dejó una herida abierta que muchos aficionados aún sienten.

Por eso su vuelta al banquillo tiene un componente emocional enorme. El país sueña con que, desde la banda, pueda corregir lo que se torció sobre el césped aquella noche alemana.

Del vestuario del Bernabéu al despacho de Clairefontaine

Para Zidane, el reto es nuevo en forma, no en exigencia. Será su primera experiencia como seleccionador, pero no llega precisamente como aprendiz. Desde que dejó por segunda vez el banquillo del Real Madrid en 2021, su nombre flotaba alrededor de la selección francesa. Daba la sensación de que solo esperaba a que se cerrara el ciclo de Deschamps.

Su hoja de servicios como técnico de club impone respeto. Con el Real Madrid firmó una de las etapas más dominantes de la historia reciente del fútbol europeo: tres Champions League consecutivas, dos Ligas y dos Mundiales de Clubes, entre otros títulos. No es solo una cuestión de trofeos, sino de gestión: supo manejar un vestuario repleto de egos, talentos y estrellas globales, y lo mantuvo alineado con la victoria como única brújula.

Ese es, precisamente, el tipo de liderazgo que Francia necesita. El talento ofensivo sobra: Kylian Mbappé como bandera, Ousmane Dembélé, Michael Olise, Désiré Doué, Bradley Barcola y una generación que parece no tener fin. El desafío no está en encontrar calidad, sino en darle forma.

Francia lleva tiempo peleándose con el equilibrio. Desde el título mundial de 2018, el equipo ha alternado exhibiciones ofensivas con desconexiones defensivas que le han costado caro en los grandes torneos. Zidane tendrá que resolver el rompecabezas: cómo liberar a sus atacantes sin desproteger la retaguardia, cómo juntar creatividad y solidez en un mismo once.

Ahí entra en juego su experiencia en eliminatorias. Su trayectoria en la Champions League habla por sí sola: noches de alta tensión, decisiones al límite, ajustes tácticos sobre la marcha. Ese aprendizaje en el Bernabéu será oro puro en el fútbol de selecciones, donde un mal día te manda a casa y te cambia un ciclo entero.

Un horizonte llamado 2030

La exigencia es inmediata. Nadie en Francia va a conceder un largo periodo de adaptación. Con la base de la selección ya formada y una generación madura, el listón se coloca directamente en el próximo Mundial de 2030. El mensaje es claro: Zidane llega para ganar.

La relación entre el nuevo seleccionador y sus estrellas será clave. Ya ha demostrado que sabe convivir con figuras de talla mundial, convencerlas, hacerlas sentir importantes sin perder el control del grupo. Ahora tendrá que trasladar ese modelo a un entorno distinto, con menos tiempo de trabajo diario, pero con el mismo nivel de presión.

Zidane regresa al escudo que lo convirtió en mito, ahora desde la zona técnica, con el peso de la memoria y la fuerza de su propia leyenda. Francia, herida por la decepción reciente, se agarra a su figura como punto de partida para un nuevo ciclo.

La pregunta ya no es si está preparado. La verdadera incógnita es otra: ¿hasta dónde puede llegar una selección francesa dirigida por Zinedine Zidane en el escenario más grande de todos?