Bélgica se prepara para el cruce con Senegal
En Seattle, a un día de jugarse el pase a la siguiente ronda del Mundial ante Senegal, Bélgica por fin respira aliviada. El parte médico, tantas veces protagonista en las primeras jornadas, se ha quedado en blanco. Todos disponibles. Nada de medias tintas.
Rudi Garcia lo resumió sin rodeos: al inicio del torneo no tenía a su plantel al cien por cien. Y se notó. Dos empates seguidos, ante Egipto e Irán, abrieron un Grupo G que se le atragantó a una selección acostumbrada a dominar. Parecía el guion de una Bélgica espesa, atascada, que miraba de reojo al banquillo más que al área rival.
Hasta que llegó Nueva Zelanda y el equipo se desató con un 5-1 que cambió el tono de la conversación. El resultado no solo les dio el liderato del grupo; devolvió algo todavía más valioso: la sensación de poderío ofensivo. Esa que había quedado en suspenso mientras los físicos se ajustaban y los automatismos no terminaban de aparecer.
Lukaku, Doku, De Ketelaere: piezas que vuelven a encajar
El caso de Romelu Lukaku es el más simbólico. Máximo goleador histórico de Bélgica, su temporada con Napoli fue casi un paréntesis, limitada a poco más de una hora por una persistente lesión en los isquiotibiales. En este Mundial, sin embargo, ha aceptado un rol distinto, entrando desde el banquillo y dejando huella en pocos minutos. No está para 90, pero sí para cambiar partidos.
Jeremy Doku vivió un paréntesis muy distinto: se perdió el segundo encuentro para estar en Londres en el nacimiento de su hijo. Una ausencia tan comprensible como sensible en el plano deportivo, porque su desborde es una de las armas más imprevisibles del equipo. Ya está de vuelta, con piernas frescas y una motivación evidente.
Charles De Ketelaere, en cambio, se quedó fuera del 0-0 ante Irán por un problema de rodilla. Nada grave, pero suficiente para frenarle en seco. Ahora, según el propio Garcia, ese capítulo también está cerrado. El delantero del Atalanta llega al cruce de octavos sin molestias y con un mensaje claro: este torneo no perdona a quien se confía.
El técnico lo dejó entrever con una mezcla de satisfacción y exigencia: querían acabar primeros de grupo y lo han logrado, aunque el camino no haya sido perfecto. No hay lamentos por los puntos perdidos. El vestuario ha decidido mirar solo hacia adelante.
El margen de error se evapora
Con la fase de grupos superada, la realidad se impone: a partir de ahora, un mal día te manda a casa. Senegal espera en un duelo que no admite relajaciones ni cálculos. Bélgica sabe que ya no basta con controlar, hay que golpear.
De Ketelaere puso un ejemplo muy concreto para ilustrarlo: la sorprendente victoria de Paraguay sobre Alemania. Un resultado que retumba en todas las concentraciones del torneo. Si Alemania puede caer así, nadie está a salvo.
La reflexión del atacante va en esa línea: el cartel de favorito no gana partidos. Lo que cuenta es la convicción, la concentración, la capacidad de entrar al césped con la mente afilada. Ser “mejor sobre el papel” no sirve cuando el reloj empieza a correr y el rival huele la duda.
Bélgica llega al cruce con Senegal con algo que no tuvo en las primeras tres jornadas: plantilla completa, jerarquías claras y una inercia positiva tras la goleada. Ya no hay coartadas físicas ni distracciones externas. Solo 90 minutos —o más— para demostrar si este grupo está preparado para algo más que liderar un grupo irregular.
La fase de grupos ya les puso a prueba. Ahora llega el examen que define de verdad a una generación.






