Ben Waine: Del banquillo al Mundial
Ben Waine llega al Mundial con la maleta cargada de algo más que botas y sueños. Llega con cicatrices recientes. Hace no tanto, ni siquiera entraba en las convocatorias del Port Vale. El torneo que Gianni Infantino vende como “104 Super Bowls” parecía entonces un planeta lejano.
«Ha sido una temporada dura. No voy a mentir», confesó a Sky Sports. Hubo semanas en las que su nombre ni aparecía en la lista. Duele. Quema. Pero de ese vacío salió algo distinto: tiempo para trabajar, para desmontarse y volver a armarse como delantero.
Port Vale acabó descendiendo, pero el curso de Waine tomó otro rumbo. El punto de giro llegó en marzo, en la FA Cup, con un cabezazo que tumbó al Sunderland y encendió Vale Park. Gol de clasificación y gol de liberación. «Hizo la temporada un poco más llevadera», admite. No era solo un tanto. Era la prueba de que todo ese trabajo silencioso tenía sentido.
El taller diario del goleador
Detrás de ese giro hay un nombre: Simon Ireland. Sesiones uno contra uno, todos los días, como un artesano puliendo siempre la misma pieza.
«Literalmente, cada día trabajábamos uno o dos tipos de remate, solo centrados en la técnica», cuenta Waine. Repetición, corrección, obsesión por el detalle. El objetivo no era aprender un gesto nuevo, sino incrustarlo en la memoria muscular.
Buscaba algo muy concreto: calma. Ese punto de frialdad que separa al delantero que dispara por ansiedad del que define por instinto. «Intentaba encontrar esa compostura, ese remate al que pudiera ir sin pensar, que se volviera instinto. Me dio un propósito real. Sabía hacia dónde iba. Incluso cuando las cosas no iban bien, tenía eso en lo que trabajar. Me ayudó a relajarme».
La diferencia se notó donde más duele y más vale: en el área. Waine reconoce que su ansiedad por hacerlo bien le jugaba en contra. «Estaba tan desesperado por rendir que aceleraba las acciones delante del arco». Los ejercicios se centraban en el golpeo, pero el gol decisivo ante el Sunderland llegó con la cabeza. Y, sin embargo, también estaba entrenado. Al menos, en su mente.
La jugada ya la había visto antes. En su cabeza.
«Ese segundo ejercicio de remate no lo hacíamos tanto, pero lo visualicé mucho fuera del campo. Y el único gol que realmente imaginé fue ese contra el Sunderland: un cabezazo bombeado, cruzado, por encima del portero. Lo había visualizado». No es el típico remate que uno repite mil veces en un rondo, pero sí una acción que trabajaron: atacar el balón y dirigirlo al lado contrario del guardameta. Cuando llegó el centro, el cuerpo respondió solo. «Fue muy bueno ver que salía exactamente así».
El festejo fue otro guiño a su historia. Hijo de una familia seguidora del Newcastle, celebró con el mítico gesto de Alan Shearer, brazo en alto, justo delante de la grada del Sunderland desplazada. Un desafío, una broma y un homenaje, todo en uno. «Fue increíble. Nunca había visto el estadio así. Estaba absolutamente vibrando».
Ese tanto fue uno de los ocho que firmó con Port Vale. Ocho que pesan más por el contexto que por la cifra. «Lo aproveché con las dos manos. Suena raro, pero volví a disfrutar jugando al fútbol». Y eso, para alguien que cruzó medio mundo para probarse en Inglaterra, no es un detalle menor.
El salto a Inglaterra y el golpe de realidad
Waine dejó Wellington Phoenix en enero de 2023 para fichar por Plymouth Argyle. El club estaba entonces en League One. El reto era mayúsculo: otro país, otro fútbol, otro ritmo. Y el ascenso lo cambió todo.
«Sabía que el salto a League One sería grande. No tanto en lo técnico, pero sí en intensidad y físico. La adaptación fue enorme. Y de repente llega ese ascenso increíble y estás jugando en Championship. Casi llegó demasiado rápido».
Aun así, dejó su huella: marcó un par de goles en Championship, uno de ellos en Elland Road ante el Leeds United. Pero los minutos no sobraban. Salió cedido al Mansfield para buscarlos y no los encontró. «Simplemente no funcionó en absoluto». Otro golpe. Otra puerta que parecía cerrarse.
La tentación lógica, con el desgaste acumulado, era volver a casa. Waine se negó. «Me prometí que, por muy duro que se pusiera, no iba a volver. Habría sido la opción fácil. Aguanté y he salido de todo eso siendo mejor jugador y mejor persona». Hoy, esa terquedad lo ha llevado al Mundial.
De los Juegos Olímpicos al gran escenario
Waine no es ajeno a las grandes citas. Ya ha jugado dos Juegos Olímpicos con Nueva Zelanda. Recuerda especialmente una noche: Francia, en el Vélodrome. «Fue un partido increíble para formar parte de él». El ruido, la presión, el escenario. Todo eso ya lo ha sentido. Pero ahora viene otra dimensión. «Va a ser un nivel más».
Los All Whites ya han probado ese escalón en los amistosos previos. Waine marcó en una victoria 4-1 ante Chile en marzo, pero el resto del menú ha sido duro: derrotas ante Colombia, Ecuador, Finlandia, Haití y Inglaterra. Se ha notado la subida de nivel. Y el equipo ha tenido que ajustar la cabeza.
«Hay que entender que cuando subimos el nivel del rival, no podemos esperar que los resultados sean perfectos. Hemos tenido que hacer una adaptación mental». No es resignación. Es realismo competitivo.
En lo personal, Waine también puede verse obligado a cambiar. Se define como un “nueve de carrera”, un delantero que vive de presionar alto, atacar los espacios, castigar la espalda de las defensas. Pero sabe que Chris Wood es el gran nombre de Nueva Zelanda. Y que no se discute. Se complementa.
Ahí entra en juego su reconversión en Port Vale. Ha sumado minutos partiendo desde la izquierda. Y eso, ahora, puede abrirle la puerta del once. «Al principio era un poco reacio, pero lo veo como algo muy positivo. Me salió muy natural. Ahora juego por izquierda, por derecha y por el centro. Añade otra dinámica, y eso debería ayudarme». Porque desbancar a Wood no está en el guion.
Lecciones de Chris Wood y un grupo que invita a soñar
De Wood, máximo goleador histórico de Nueva Zelanda, Waine ha tomado una lección clave: la paciencia. «Como delantero, puedes casi no tocar el balón en todo el partido, pero cuando llega esa ocasión, tienes que aprovecharla. Él lo ha demostrado una y otra vez».
Una ocasión. Eso es lo que persigue ahora Waine en el Mundial. «Va a estar esa oportunidad de ser el héroe. Solo quieres ese momento». No habla de cifras, habla de instantes. De esos que se quedan en la memoria colectiva de un país.
El calendario no es sencillo, pero tampoco imposible. Nueva Zelanda se medirá primero a Irán, luego a Egipto y cerrará ante Bélgica. No parten como favoritos. Ni de lejos. Pero hay grupos mucho peores.
«Mi primer pensamiento fue que realmente tenemos una oportunidad. Todo el mundo nos ve como los ‘underdogs’, pero queremos aprovechar la ocasión que tenemos delante. Queremos lograr nuestra primera victoria en un Mundial y queremos pasar de la fase de grupos por primera vez en la historia».
La ambición choca con la jerarquía de los rivales, pero el cuadro abre una rendija. Egipto tiene a Mohamed Salah, uno de los grandes nombres del torneo. Waine asume que su camiseta tendrá lista de espera. «Supongo que habrá unos cuantos tirando de galones». Quizá no se lleve su camiseta. Quizá se lleve algo mejor: un recuerdo imborrable.
¿Otra celebración a lo Alan Shearer en un Mundial? «Puede que reaparezca», dice entre risas. Si lo hace, significará algo más que una pose: que Nueva Zelanda ha encontrado ese momento del que él habla.
Waine lo resume con una frase sencilla: exprimir al máximo su potencial. «Sacarle todo el jugo». Después de una temporada de «muchos altibajos», se ha ganado el derecho a estar ahí, en el escenario que siempre soñó. Ahora, el partido ya no se juega en los campos de entrenamiento ni en las sesiones uno a uno.
Ahora, el próximo remate que ha visualizado puede cambiar la historia de un país. Y esa, como él bien sabe, es la clase de oportunidad que no se puede dejar pasar.






