Iheanacho mantiene vivo al Celtic en el 99’
El Celtic se asomaba al abismo en Fir Park. Nueve minutos de añadido, la temporada pendiendo de un hilo y un título que parecía deslizarse hacia Hearts. Entonces apareció el VAR, el brazo de Sam Nicholson y el pie frío de Kelechi Iheanacho. Un penalti en el 99’, ejecutado con una calma insultante, cambió la noche, el ánimo y probablemente el desenlace de la Premiership.
El delantero nigeriano no tembló. John Beaton señaló el punto de penalti tras revisar en el monitor la acción en la que Nicholson, ex de Hearts, saltó para despejar de cabeza y terminó bloqueando el balón con la mano, levantada justo delante del rostro. La imagen era clara. La decisión, demoledora para Motherwell. Iheanacho ajustó el disparo, selló el 2-3 y desató una invasión de campo de los aficionados visitantes, que ya se veían condenados a un último día de infarto con una carambola casi imposible.
Hasta ese instante, el héroe parecía ser otro ex de Hearts. Liam Gordon, central de Motherwell, había puesto el 2-2 en el 85’ y, de paso, le entregaba a su antiguo club un regalo gigantesco en la lucha por el campeonato. Con ese marcador, el Celtic se veía obligado a ganar a Hearts en la última jornada por tres goles de diferencia. No jugaba bien, no encontraba espacios y el reloj corría en su contra. Fir Park olía a resurrección local y a trauma para los de Glasgow.
La noche, además, estaba cargada de fantasmas para Martin O’Neill. Su anterior visita liguera a Fir Park como técnico del Celtic había terminado en tragedia: el título perdido en los últimos compases de la temporada 2004-05, con Scott McDonald firmando un doblete que entregó la gloria a Rangers. La historia amenazaba con repetirse en Lanarkshire.
Motherwell, vestido con sus colores originales azules para celebrar su 140º aniversario, salió como si quisiera escribir otra página negra en la memoria del Celtic. Dominó el arranque con autoridad y golpeó pronto. En el minuto 17, Elliot Watt cazó un balón a 22 metros y lo voleó con precisión para el 1-0. Un golazo. El campeón tambaleaba.
El ambiente entre la hinchada visitante se volvió nervioso, casi de pánico. El Celtic no enlazaba pases, perdía segundas jugadas y sufría cada transición. Mientras tanto, desde Tynecastle llegaban noticias aún más inquietantes: Hearts marcaba dos veces camino de un 3-0 que reforzaba su liderato. El escenario perfecto para el hundimiento.
El campeón, sin embargo, empezó a encontrar algo de aire antes del descanso. Daizen Maeda avisó primero con una media ocasión que se marchó desviada. Poco después, afinó la puntería. En el 41’, el japonés aprovechó un rebote tras el esfuerzo defensivo de Callum Slattery, que perseguía a Yang Hyun-jun, y remató cruzado. El balón pegó en el poste y se coló. 1-1 y un respiro justo antes del intermedio.
El partido se abrió. Arne Engels estuvo a punto de firmar una obra de arte al borde del descanso con una vaselina que se estrelló en el larguero, en una acción marcada por un choque entre Maeda y el portero local Calum Ward tras un envío en largo de Callum McGregor.
Tras el paso por vestuarios, el Celtic adelantó líneas y trató de encerrar a Motherwell. Atacaba con más intención, pero dejaba metros a la espalda. Slattery lo vio claro y metió un pase al espacio para Elijah Just por el carril izquierdo. El internacional neozelandés recortó hacia dentro ante Auston Trusty, pero perdió ligeramente el equilibrio y dio tiempo a McGregor a bajar y meter una entrada providencial.
Motherwell no se conformó. Tejió una jugada de pases que merecía más, hasta que Slattery, en posición franca a 15 metros, se resbaló justo en el momento del disparo. Parecía una ocasión desperdiciada. Era solo un aviso.
En el 58’, Benjamin Nygren inventó un gol de la nada. Recibió a unos 25 metros, levantó la cabeza y soltó un disparo seco, imparable, que sorprendió a un Celtic volcado y a un Fir Park que ya rugía con olor a gesta. 2-1 y el campeón contra las cuerdas.
En ese punto, la aritmética cambió. Con la diferencia de goles dejando de ser un problema siempre que el Celtic sumara los tres puntos, el objetivo se redujo a lo esencial: ganar como fuera. El conjunto de O’Neill trató de enfriar el partido, de controlar el ritmo, pero la marea local crecía.
Motherwell se lanzó. Watt rozó el tercero con un disparo desviado que acabó en el larguero, y Tawanda Maswanhise cabeceó el rechace, obligando a Viljami Sinisalo a atrapar sobre la línea. El guardameta del Celtic volvió a sostener a los suyos con una mano extraordinaria ante Just. No pudo nada, sin embargo, cuando Maswanhise fue dos veces bloqueado y el balón cayó franco para Gordon, que no perdonó. 2-2, minuto 85, y Fir Park convertido en una caldera.
El equipo local olía sangre. Durante unos minutos, fue Motherwell quien pareció más cerca del triunfo, empujado por la grada y por la inercia de un Celtic partido en dos, más nervioso que nunca.
Y entonces, cuando los cinco minutos de añadido ya se habían cumplido y el cronómetro se adentraba en territorio agónico, llegó el giro final. Andrew Dallas llamó a Beaton desde la sala de videoarbitraje. Revisión en la banda. Silencio tenso. Repeticiones que mostraban el salto de Nicholson, el balón impactando en su mano levantada. Penalti.
El resto lo escribió Iheanacho desde los once metros. Un disparo, un título que sigue al alcance y una invasión de campo como firma de la noche.
El desenlace fue doblemente cruel para Motherwell. Minutos antes, el equipo se veía en Europa. Con ese punto, el sueño continental tomaba forma. El penalti encajado, unido al gol tardío de Hibernian en Ibrox, lo cambia todo: ahora necesitará al menos no perder en Easter Road el sábado para asegurar la cuarta plaza.
Para el Celtic, en cambio, la ecuación quedó reducida a su mínima expresión: si gana a Hearts el sábado, será campeón. Después de una noche así, con Fir Park convertido en escenario de redención y venganza histórica, la última jornada se presenta con una sola pregunta: ¿tendrá este equipo un último acto de dramatismo guardado para el final?






