Mauricio Pochettino y el desafío de la selección de Estados Unidos
Las lágrimas en los ojos de Mauricio Pochettino no eran solo por una derrota. Eran un diagnóstico.
Su selección de Estados Unidos acababa de perder la final de la Gold Cup 2025 ante México, el rival que más duele, en Houston, una de las mayores áreas metropolitanas del país. Partido por el título regional, escenario grande, contexto ideal para un baño de apoyo local. Y, sin embargo, el estadio rugía… por el otro lado.
Hostil. Verde. Mexicano.
Para Pochettino, que había dirigido a Tottenham o Paris Saint-Germain, aquello rozaba lo surrealista. Como imaginar el estadio de los Spurs lleno casi por completo de camisetas del Arsenal en un derbi. A un año del Mundial, el argentino entendió de golpe no solo cuánto le faltaba a su proyecto para competir al máximo nivel, sino también la posición incómoda, a veces desventajosa, que ocupan sus jugadores en el ecosistema deportivo de su propio país.
El golpe no fue solo deportivo. Fue cultural.
La primera sacudida: Panamá y el vacío
En realidad, el “puñetazo” al que se refiere Pochettino llegó antes de aquella final perdida. Marzo de 2025. Concacaf Nations League. Sobre el papel, un trámite: superar a Panamá en semifinales y repetir el clásico desenlace ante México o Canadá. Estados Unidos había ganado las tres primeras ediciones del torneo desde su creación en 2019-20.
Esta vez, ni siquiera alcanzó el partido decisivo.
El equipo se atascó ante una Panamá compacta, intensa, que jugó con más hambre. Y, a diferencia de lo que ocurriría meses después en Houston, casi no había nadie mirando.
“Estaba vacío”, recordaría Pochettino. En las gradas, mayoría mexicana, pero esperando el partido posterior. El duelo de Estados Unidos, casi un ensayo general a puerta cerrada.
Durante décadas, la estadística había sido una cómoda almohada: 17 victorias, cuatro derrotas y dos empates ante Panamá hasta mediados de 2021. La jerarquía parecía escrita. Sin embargo, en los últimos seis enfrentamientos, los panameños sumaron cuatro triunfos, incluida la semifinal de la Gold Cup 2023, un choque de fase de grupos en la Copa América 2024 y, ahora, su primer pase a una final de Nations League. Todo, aprovechando un despiste mental estadounidense y marcando con apenas su tercer disparo del partido.
Un “buen choque”, lo definió Pochettino. Doloroso, pero útil. A partir de ahí, la idea fue clara: detectar los problemas, ir a por las soluciones y asumir que el camino pasaría por más tropiezos.
Uno de esos problemas estaba dentro del vestuario.
Cultura, incomodidad y un mensaje claro
Pochettino percibió un grupo cómodo. Demasiado. La exigencia del día a día de club no siempre se traslada a la selección, y el argentino decidió tensar la cuerda.
Christian Pulisic pidió ausentarse de la Gold Cup pero participar en los amistosos previos ante Turquía y Suiza. El seleccionador le dijo que no. Quería un bloque completo desde el primer día de concentración hasta el final del torneo. Una única dinámica, un solo mensaje: o estás dentro del todo, o lo ves desde casa.
La negativa abrió un tira y afloja entre la estrella y el técnico. Las derrotas contundentes en esos amistosos elevaron el ruido exterior. Pero Pochettino ya había marcado la línea roja. La cultura de grupo por encima de los nombres.
La Gold Cup, pese al desenlace amargo, le dio al entrenador algo que no tenía: piezas nuevas para su núcleo. Malik Tillman asumió por fin el rol de cerebro creativo. Matt Freese se adueñó de la portería y terminó superando a Keylor Navas en una tanda de penaltis. Alex Freeman se convirtió en un joven lateral imposible de sentar. Sebastian Berhalter se ganó un sitio real en la rotación del centro del campo.
Pochettino también cambió. Un torneo de selecciones se parece mucho más a la rutina de club que a las ventanas de amistosos dispersas en el calendario. Más de un mes con el mismo grupo, todos los días, permite pulir automatismos, instalar un modelo de juego y corregir vicios con otra profundidad. El argentino aprovechó ese formato.
Incluso con las lágrimas contenidas tras perder la final ante México, no se movió un centímetro de su discurso en el vestuario: corazón, intensidad, compromiso. “Seguid mejorando, pero no cambiéis”, les pidió. El ambiente hostil de Houston se le quedó grabado.
“Why not us?”: el grito que lo cambió todo
Poco después, una escena le encendió una idea. Pochettino estaba en Columbus viendo un partido universitario de fútbol americano: Ohio State contra Texas. Setenta mil aficionados desatados.
Su pregunta fue inmediata: ¿por qué no así con el fútbol? Si el país era capaz de esa pasión, ¿por qué no volcarla también con esta selección? Si esa energía se alineaba con su equipo, el impacto sobre los jugadores sería enorme. Poderoso.
De ahí nació un mantra: “Why not us?”. ¿Por qué no nosotros?
Y, con él, una forma de jugar más ambiciosa. En septiembre, con Pulisic y otros veteranos de regreso, Pochettino estrenó la estructura que hoy define a su equipo: un dibujo fluido, que se deforma y recompone para descolocar al rival, con movimientos sin balón constantes, cambios de orientación veloces y una agresividad casi instintiva cuando se abre una rendija. Un equipo que asume riesgos. Que quiere espectáculo.
Los resultados empezaron a sostener el discurso. 2-0 a Japón en septiembre. Empate con Ecuador y triunfo sobre Australia en octubre. En noviembre, victoria ante Paraguay y un 5-1 demoledor frente a Uruguay para cerrar 2025 en lo más alto.
El relato parecía perfecto. Hasta que llegó la tercera lección.
Marzo, la caída necesaria
Dos derrotas en marzo. Un 7-2 global que dolió más por la sensación que por la cifra. El equipo se vio inseguro, desdibujado. La defensa, superada. Ante Bélgica, incluso se regresó a una estructura anterior, más vulnerable, buscando refugio en lo conocido. No funcionó.
Pulisic, atrapado en la peor sequía goleadora de su carrera, recibió una titularidad inusual como delantero centro frente a Portugal. Apenas dejó rastro.
Chris Richards defendió la utilidad de ese campamento de marzo, habló de la importancia de medirse a “dos equipos muy buenos de Europa”. Pochettino, pese a sostener la confianza en el grupo, reconoció una realidad incómoda: Bélgica y Portugal tienen varios futbolistas entre los cien mejores del mundo. Estados Unidos, ninguno.
El pesimismo volvió a instalarse alrededor del programa. Para muchos aficionados, era el guion de siempre: una selección capaz de alguna noche brillante, pero condenada a chocar contra su propio techo. Vulnerable tanto ante gigantes como ante rivales menores. En ese contexto, surgió la crítica a la elección de amistosos previos al Mundial: Senegal y Alemania. Demasiado nivel, demasiado riesgo, demasiado cerca del torneo.
Pochettino no dudó. “Es bueno para nosotros. Va a medir nuestro nivel”, respondió.
Y el campo le dio la razón. 3-2 a Senegal. 2-1 ante Alemania, esta vez con derrota pero dejando la sensación de un equipo que afinaba su pico de forma justo a tiempo.
A partir de ahí, la ola cambió de dirección.
El Mundial: del aula de golpes al escenario grande
Lo que vino después ya forma parte de la narrativa de este Mundial 2026. Un 4-1 arrollador contra Paraguay. Un 2-0 sólido frente a Australia. Y, este jueves, un partido sin presión ante Turquía, ya eliminada, con Estados Unidos habiendo asegurado el primer puesto del Grupo D con dos jornadas impecables y un balance global de 6-1.
Solo cuatro selecciones han ganado su grupo tras dos partidos en esta Copa del Mundo. Argentina y Alemania, gigantes históricos. México, con su respaldo masivo y su costumbre de competir en ambientes hostiles y en altitud. Y, en esa mesa, se sienta el equipo de Pochettino.
Los estadios, esta vez, han rugido a favor. El ruido ha empujado. Los jugadores lo han dicho. El propio técnico lo ha subrayado. Aquella pregunta en Columbus empieza a encontrar respuesta: el país, cuando se vuelca, puede ser un factor decisivo.
Este es, sin discusión, el punto más alto del proyecto desde la llegada del argentino. Un equipo que corre, arriesga, se transforma con la pelota y se sostiene sin ella. Un grupo que ha aprendido a base de golpes: la Nations League perdida, la final de Gold Cup en campo enemigo, las derrotas de marzo ante potencias europeas.
Mark McKenzie lo resumió con calma: no se resuelve todo en una noche, ni en una concentración, ni quizá en seis o doce meses. Es un proceso.
La diferencia es que, ahora, ese proceso tiene forma, tiene estilo y, por fin, tiene un Mundial en casa que empieza a creerse su propia pregunta: ¿por qué no ellos?





