Argentina se enfrenta a España en la final tras remontar a Inglaterra
Argentina ya no gana partidos. Los firma. Y en East Rutherford tendrá la oportunidad de rubricar el más grande de todos: defender su corona mundial frente a la campeona de Europa, España, después de otra remontada de carácter ante Inglaterra, sellada por la cabeza de Lautaro Martínez y la mente inagotable de Lionel Messi.
La historia se repite, pero no cansa. Inglaterra golpea primero, esta vez con Gordon. Argentina parece tambalearse, como si el guion pidiera un cambio de protagonista. No dura mucho. Cuando el reloj aprieta y las piernas pesan, aparece el mismo libreto de siempre: Messi baja al barro, pide la pelota, decide el ritmo. Y el partido gira.
El empate llega tarde, al 85, con un gol de Enzo Fernández que devuelve el pulso a una selección que se mueve entre la épica y la costumbre. El golpe anímico es brutal. Inglaterra retrocede, Argentina huele sangre. El balón empieza a circular con una calma que roza la soberbia. No es ansiedad, es convicción.
La presión termina por romper el muro inglés. Messi vuelve a filtrar, a encontrar el espacio mínimo donde otros solo ven piernas y camisetas. Segundo servicio decisivo del capitán, segunda puñalada al sistema defensivo rival. Y entonces entra en escena el hombre de las noches grandes de Inter: Lautaro Martínez.
El delantero, que ya había cargado con la responsabilidad ofensiva durante todo el torneo, se eleva y sentencia el 2-1 con un cabezazo que pesa como un manifiesto. No es solo el gol de la clasificación. Es el gol que tumba a Inglaterra en el aniversario de la “mano de Dios”, esta vez con la cabeza de “El Toro” como símbolo. El estadio explota; Lautaro se rompe en lágrimas. Descarga rabia, alivio, memoria. Sabe lo que significa.
Messi, eterno, se marcha de la semifinal con dos asistencias y la sensación de seguir dictando finales a su antojo. Argentina, con otra remontada “loca” como la definen en su país, se planta en la final contra España con la oportunidad de confirmar en el mismo escenario su condición de campeona del mundo ante la campeona de Europa. No hay mejor cartel.
Mientras tanto, desde Italia miran de reojo. La Gazzetta dello Sport apunta a un movimiento que puede marcar el futuro de la selección azzurra: Paolo Maldini, como director técnico, apuesta por Andrea Pirlo como próximo seleccionador. La pelota, nunca mejor dicho, queda ahora en el tejado de Giovanni Malagò y de una Serie A que observa con dudas y recelos. El nombre de Pirlo seduce, pero el sistema no siempre acompaña.
En Turín, la agenda hierve. Juventus explora un acuerdo a la baja por Franck Kessié y se mueve para encontrar recursos para cerrar la operación Lucumí. Al mismo tiempo, desde Tuttosport señalan que el club trabaja en la portería: el objetivo número uno sigue siendo Dibu Martínez, el muro de Aston Villa, aunque el interés por Guglielmo Vicario, guardameta de Tottenham, abre una vía alternativa. El cuerpo técnico de Luciano Spalletti ya ha establecido contactos, mientras la dirección deportiva, con Ottolini al frente, mantiene conversaciones avanzadas por el delantero de Parma, Enzo Barrenechea, y sigue negociando con el entorno de Kessié con una oferta de 4,5 millones.
El mercado se agita también alrededor de Milan. Christian Pulisic inquieta al club con sus movimientos y su peso en el proyecto, mientras Nicolò Zaniolo vuelve a aparecer como tentación rossonera. En paralelo, las palabras de Ferdinand sobre Koné, al que sitúa en la órbita de Manchester United, y el abrazo público de Hojlund con Massimiliano Allegri alimentan un verano de rumores cruzados.
Inter, por su parte, acelera. Se habla de un “blitz” para cerrar las llegadas de Spence y Romero, al tiempo que el club queda al margen de la investigación arbitral que salpica a Rocchi: tanto el colegiado como la entidad nerazzurra han sido descartados en la causa, un respiro institucional en plena planificación deportiva. Djed Spence, además, ya habría dado el visto bueno a trabajar a las órdenes de Cristian Chivu.
En el otro lado de Turín, la atmósfera es muy distinta. La afición de Torino estalla, harta de promesas incumplidas y de una sensación de estancamiento que contrasta con el ruido de sus vecinos bianconeri. El descontento ya no se mide solo en pancartas; se palpa en cada decisión del club, en cada nombre que se escapa.
Italia mira al futuro entre dudas, fichajes y apuestas de banquillo. Argentina, en cambio, vive en un presente continuo de finales, sostenida por la zurda de Messi y la cabeza de Lautaro. El domingo, en East Rutherford, se cruzará con una España que no tiembla, moldeada por las lecciones de De La Fuente y un sistema que se ha acostumbrado a ganar.
Allí no habrá margen para relatos intermedios. O se consagra una era, o empieza otra.





