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Arsenal arranca la temporada con victoria ante Coventry

La temporada vuelve a arrancar y con ella la cinta interminable de partidos televisados, repeticiones y debates. Para la afición de Arsenal, sin embargo, este estreno de Premier League dejó una sensación distinta: menos drama, menos sufrimiento, más control. Un 3-0 limpio ante Coventry que sonó a declaración de intenciones. Ganar la liga, sí. Pero ganarla mejor.

Arsenal baja el pulso… sin perder filo

Retener un título siempre se vende como una hazaña épica, una cuestión de hambre y obsesión. El viejo manual de Roy Keane: ganar, castigarte, y volver a ganar. Pero este Arsenal se mueve en otro registro. Mikel Arteta no parece buscar un equipo que viva al borde del colapso competitivo, sino uno que domine los partidos hasta volverlos casi rutinarios.

Ante Coventry, la primera fase de ese plan se cumplió. Arsenal ganó con una comodidad que pocas veces se vio en las dos últimas campañas. Fue como ver a un equipo probando un nuevo software en modo demostración, acelerando el motor sin meter del todo la marcha. Coventry simplemente se vio superado por algo más rápido, más preciso, más afinado de lo que muchos de sus jugadores habrán enfrentado jamás.

El 1-0 llegó al cuarto de hora, en una acción que resumió esa superioridad. Christos Tzolis recuperó la pelota con un bloqueo agresivo sobre Milan van Ewijk cerca de la banda derecha. El balón cayó a los pies de Riccardo Calafiori, que trazó un pase raso y tenso, casi quirúrgico, cruzando la frontal del área hasta encontrar a Kai Havertz. La definición fue pura clase: volea de zurda, de primeras, con una calma tan extrema que uno casi podía imaginarlo rematando en zapatillas de salón, no con botas de alta competición.

El 2-0 llegó poco después, con Coventry ya desbordado. Declan Rice irrumpió hacia adelante, marcando el ritmo de la jugada. Pero la acción llevó la firma de Martin Ødegaard: un toquecito corto, casi un susurro de pase, que abrió el ángulo justo para el desplazamiento hacia la banda y el centro definitivo. Ødegaard hizo lo que mejor sabe hacer: el pase que precede al pase, el engrase invisible de la jugada, el WD-40 del fútbol de posición.

El regreso del Ødegaard que Arsenal necesitaba

Sin un gran fichaje ofensivo que acaparara portadas este verano, muchas miradas se posaron sobre Ødegaard. La pregunta era simple: ¿podrá volver a ser el de antes tras una temporada pasada marcada por problemas físicos y altibajos? Ante Coventry, la respuesta empezó a tomar forma.

El noruego jugó 75 minutos, tocó el balón 72 veces y repartió 55 pases cortos y precisos, de esos que van tejiendo el partido sin hacer ruido. Volvió a ser ese pequeño sabueso incesante, el director del pressing, el maestro de los espacios diminutos y del pase empujado en el momento exacto. Imagen de joven ejecutivo de oficina, pies de niño de fútbol callejero.

Su gol, el tercero de Arsenal, llegó en el minuto 48 y mezcló lo absurdo con lo decisivo. La jugada previa fue seria, elaborada, con Ødegaard manejando los hilos desde justo detrás de la línea de ataque, conduciendo, soltando, moviéndose entre líneas. El remate, en cambio, tuvo algo de cómico.

Ødegaard tiene a veces una forma extraña de golpear el balón, casi de lado, con el pie entrando en un ángulo raro, como un “toque-punterazo” potente. Esta vez, delante de la portería, pareció incluso fallar el golpe. Aun así, la pelota salió flotando de manera extraña hacia la izquierda de Carl Rushworth. El portero estiró el brazo desesperado, manoteando al aire como un gato intentando atrapar una sombra en la pared. No llegó.

El noruego se echó a reír mientras corría a celebrar. Pero la importancia del momento era muy real: era su primer gol en el Emirates desde diciembre. Entre ese tanto y varias acciones antes y después, se vio algo más importante que una simple estadística: la reactivación de su sociedad con Bukayo Saka.

Justo antes del descanso, Ødegaard y Saka se buscaron y se encontraron una y otra vez, intercambiando la pelota seis o siete veces en una secuencia rápida, casi juguetona, hasta liberar a Rice para un disparo que salió rozando el palo. Fue una escena de “viejos tiempos”: dos futbolistas que comparten algo poco común en la élite, una sensación de juego, de invención, de placer en la conexión.

Arteta, Lampard y una noche muy cómoda

El ambiente en el norte de Londres acompañaba. Aire fresco, incluso algo frío para ser inicio de temporada. El duelo Arsenal-Coventry desprendía ese aroma de “Classic Barclays”: recuerdos de carreras de Darren Huckerby por las bandas, televisores haciendo ruidos de transición, presentadores tostados de sol en agosto con americanas imposibles.

En la banda, Frank Lampard y Mikel Arteta parecían parte del mismo catálogo. Ambos vestidos casi igual: pantalón negro, jersey negro de cuello semialto, zapatillas negras con suela blanca. Dos entrenadores como avanzadilla de un día de golf ejecutivo ninja.

Desde ahí vieron cómo su equipo, el de Arteta, manejaba el partido con una frialdad que casi rozó lo clínico. Coventry intentó resistir, pero se encontró frente a un rival con más ritmo, más sincronía, más automatismos. Un bloque que, por momentos, dio la impresión de poder pasar al siguiente nivel sin despeinarse.

Arsenal no necesitó épica ni remontadas, ni una exhibición furiosa de hambre competitiva. Le bastó con aplicar sus patrones, acelerar cuando tocaba, bajar el pulso cuando el marcador ya estaba donde quería. Si el reto de esta temporada es ganar de nuevo, pero sufrir menos, este 3-0 fue un primer borrador convincente.

La cuestión es si podrán mantener este modo demo cuando lleguen los rivales que no se dejan arrasar tan fácilmente.

Arsenal arranca la temporada con victoria ante Coventry