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Egipto rompe el techo de cristal y Salah llora de alegría

Egipto necesitó los penaltis, sudor y un punto de épica para derribar por fin su muro histórico en un Mundial masculino. Australia se fue con el corazón roto. Y Mohamed Salah, casi invisible durante 120 minutos, terminó en lágrimas… de alegría.

Todo se decidió desde los once metros, después de un 1-1 tenso, jugado a 70.000 gargantas en el aire acondicionado del hogar de los Dallas Cowboys. Tony Popovic se jugó su última carta antes de la tanda: retiró a su joven guardameta Patrick Beach y lanzó al césped a Mathew Ryan, el capitán, el veterano, el hombre de las noches grandes. Era un golpe de efecto. También un mensaje.

Una tanda cruel

El escenario era hostil: los penaltis se lanzaban hacia el fondo repleto de aficionados egipcios, silbidos cayendo como lluvia sobre cada paso de los australianos. El primero en caminar hacia el punto fatídico fue Harry Souttar. Central, líder, referencia aérea. Tomó carrera y la mandó a las nubes. Australia empezó la tanda con una losa en la espalda.

Los siguientes cinco lanzadores no fallaron. Egipto golpeaba con frialdad, Australia respondía con coraje. Salah, con el peso de un país sobre los hombros y la lesión de isquiotibiales aún reciente, ejecutó el suyo con una calma insultante. Parecía un entrenamiento. No lo era.

El turno decisivo llegó para Lucas Herrington, 18 años, defensor, una vida por delante. Ajustó demasiado. El balón besó el larguero y salió despedido. El silencio australiano fue tan estruendoso como el rugido egipcio. Abdelmaguid cerró la historia con sangre fría, engañó a Ryan y desató la locura: Egipto a la siguiente ronda, Australia desplomada sobre el césped.

Salah, esta vez, lloró de felicidad.

Un golpe temprano que cambió el guion

El partido había nacido con una promesa para Australia. Cristian Volpato, el chico que cambió Italia por los Socceroos en la víspera del Mundial, estrelló un disparo en la parte alta del travesaño cuando apenas habían pasado cinco minutos. Era el aviso de un equipo que, hasta entonces, había vivido de espaldas al gol: solo dos tantos en la fase de grupos.

Egipto, nervioso atrás pese a su reciente primera victoria mundialista ante Nueva Zelanda (3-1), sufría. Pero el fútbol no siempre premia al que mejor entra. Casi contra la lógica del juego, el equipo de Hossam Hassan golpeó primero.

Nestory Irankunda perdió la marca en el segundo palo y Emam Ashour, liberado, se lanzó al remate. Centro preciso de Karim Hafez, cabezazo al fondo de la red. Minuto 13, 1-0 y segundo gol del torneo para Ashour. Los siete veces campeones de África se ponían por delante y, de paso, obligaban a Australia a abandonar su timidez ofensiva.

La reacción oceánica fue más de intención que de peligro real. Su primera ocasión clara entre palos no llegó hasta diez minutos antes del descanso, cuando Aziz Behich probó con un disparo flojo a Mostafa Shoubir, bien colocado. En la grada, algún veterano recordaría que su padre, Ahmed, también defendió la portería egipcia en el Mundial de 1990. La dinastía bajo palos seguía intacta.

Golpe físico, respuesta mental

El primer tiempo se fue enredando en duelos, choques y interrupciones. Salah, con 34 años y recién salido de una lesión muscular, apenas pesaba en el juego. La batalla se libraba en otros frentes. Justo antes del descanso, una entrada voladora de Rabia dejó a Jordan Bos, uno de los jugadores más rápidos del torneo, tendido en el césped. El carrilero tuvo que abandonar el campo ayudado y no volvió: Kai Trewin ocupó su lugar tras el descanso. Golpe duro para el plan australiano.

Nada más reanudarse el partido, Egipto tuvo la oportunidad de sentenciar. Omar Marmoush, atacante del Manchester City, se encontró con un balón franco en el área pequeña y lo cruzó demasiado. El 2-0 se escapó por centímetros. Australia respiró. Y agarró vida.

El aviso egipcio despertó a los Socceroos. La selección de Popovic endureció el partido, ganó duelos, empujó con balón parado. Y el empate llegó desde ahí, desde la insistencia física y aérea. Un balón parado cerrado, mucha gente en el área, presión en cada salto. Mohamed Hany, acosado, metió la cabeza hacia su propia portería y batió a Shoubir. Segundo autogol del torneo para él, y 1-1 que cambiaba por completo el paisaje.

Egipto acusó el golpe. Australia olió la sangre. Por primera vez, el gigante africano dudaba.

El peso de la historia

Los dos equipos compartían una losa invisible: ninguno había ganado jamás un partido de eliminación directa en un Mundial masculino. Cada balón dividido, cada despeje, cada carrera llevaba esa carga histórica en la espalda. El reloj avanzaba, las piernas se endurecían y el miedo a fallar se instalaba en ambos bandos.

Salah seguía en la periferia del juego, lejos de sus noches más dominantes, pero su sola presencia retenía defensores. Egipto fue creciendo en los minutos finales del tiempo reglamentario. Ramy apareció en el área y obligó a Patrick Beach a una estirada felina en el añadido. El joven guardameta, que luego sería sustituido para la tanda, sostuvo a los suyos y empujó el duelo a la prórroga.

En el tiempo extra, el guion se inclinó hacia el lado egipcio. Más balón, más piernas, más convicción. Salah tuvo una buena opción con su pierna derecha, la menos hábil, y la mandó muy arriba. El reloj se comía las fuerzas y el partido caminaba, casi resignado, hacia los penaltis.

Ahí, donde los héroes se forjan en segundos y los villanos cargan con una noche para toda la vida, Egipto encontró por fin su premio mundialista. Australia, que rozó la gesta y se quedó a un larguero de seguir viva, tendrá que aprender a convivir con la crueldad de una tanda que lo cambió todo. Y preguntarse cuánto tardará en volver a tener una oportunidad como esta.