Francia avanza a semifinales del Mundial 2026 tras vencer a Marruecos
Boston, Estados Unidos – Minutos después de que el sueño mundialista se desvaneciera, varios aficionados de Marruecos salían del estadio con una derrota más en el marcador… y una nueva camiseta emocional: la del club de fans de Kylian Mbappé.
El capitán de Francia firmó una noche de esas que cambian eliminatorias y estados de ánimo. Un gol descomunal, una jugada decisiva seis minutos después y un 2-0 que empujó a los campeones de 2018 a las semifinales del Mundial 2026 y dejó a los marroquíes con una mezcla de resignación y admiración.
“Francia es una fuerza imparable”, admitía Yaseen Maroufi, aficionado marroquí, mientras se alejaba del estadio bajo el sol abrasador de la Costa Este. “Empiezan con 11 muy buenos jugadores y, además, tienen uno de los mejores banquillos del torneo. Son el equipo a batir y ahora mismo es muy difícil ganarles”.
Lo decía con un encogimiento de hombros que resumía la tarde: esperanza, orgullo… y la constatación de que, hoy por hoy, Francia va un paso por delante.
Un cuarto de final con cuentas pendientes
El guion, sin embargo, no arrancó con dominio azul. La primera eliminatoria de cuartos del Mundial 2026 venía cargada de memoria. La semifinal de 2022 seguía fresca en la mente de los marroquíes, que viajaron a Boston con una idea clara: ajustar cuentas.
Había optimismo contenido en las gradas teñidas de rojo. Fe en una generación joven, confianza en un nuevo seleccionador y un deseo compartido: que el capitán francés tuviera, por una vez, un mal día.
Durante casi media hora, pareció posible.
En el minuto 29, Mbappé se plantó frente al punto de penalti. Larga espera, movimientos en el área, recolocación del balón. Demasiada pausa. El francés dudó, golpeó flojo y Yassine Bounou, héroe recurrente de Marruecos, se quedó con la pelota como si fuera un entrenamiento.
El fallo encendió a la grada marroquí. El rugido fue tanto celebración como alivio. Era la imagen de un primer tiempo tenso, cerrado, en el que ninguno de los dos equipos se atrevía a desnudarse atrás. Mucho cálculo, poco riesgo. El miedo a quedar expuesto pesaba más que el deseo de lanzarse a por el partido.
Marruecos se suelta… y deja huecos donde no se debe
Tras el descanso, Marruecos cambió el gesto. El equipo se sacudió el respeto inicial y dio el primer zarpazo serio: un disparo que obligó a intervenir a la defensa francesa y que, a la postre, sería su único tiro a puerta.
Ese intento marcó un punto de inflexión. Los Leones del Atlas empezaron a adelantar líneas, a instalarse en campo rival, a creer que el partido podía romperse a su favor. Al hacerlo, dejaron algo atrás: metros libres a la espalda de su zaga.
Y a Francia no se le regala espacio. Nunca.
De pronto, Mbappé encontró aire en la banda izquierda. Cada vez que recibía, la defensa marroquí retrocedía un paso más. En el minuto 60, la amenaza se convirtió en castigo. El capitán francés tejió una jugada por la izquierda y la acción terminó en el gol que abrió el marcador y sumó su octavo tanto en este Mundial 2026.
El golpe fue duro. El silencio marroquí duró apenas unos instantes, lo que tardó Mbappé en volver a aparecer.
Seis minutos después, el 10 cambió el papel de ejecutor por el de arquitecto. Se inventó otra acción desde la izquierda y sirvió el segundo tanto para Ousmane Dembélé, que firmó así su quinto gol del torneo. Con esa diana, Francia se convirtió en la primera selección en la historia de los Mundiales en contar con dos jugadores con cinco o más goles en una misma edición.
Historia escrita en tiempo real, mientras Marruecos veía cómo el plan se desmoronaba con el mismo resultado que en 2022.
El rugido se apaga en la grada
Mbappé siguió dibujando círculos mareantes alrededor de la zaga marroquí. No cayó el tercero, pero ya no hacía falta. Cada arrancada del capitán francés alejaba a Marruecos unos metros más del área rival y unos pasos más de la remontada.
El partido que había sido equilibrado en la primera mitad se inclinó sin remedio en la segunda. El balón ya no les duraba a los de rojo, las piernas pesaban y la energía que antes bajaba desde las gradas se fue diluyendo.
Las voces que habían inundado el estadio con el “Dima Maghreb” se fueron apagando. Primero bajó el volumen. Luego llegó el silencio.
Solo entonces se impuso el otro cántico. “Allez les Bleus” empezó a retumbar, ahora sí, con autoridad. Los aficionados franceses celebraban algo más que un pase a semifinales: veían en este equipo joven la promesa de un presente ganador y de varios trofeos por venir.
“Ha sido maravilloso ver todo este talento francés”, comentaba Claude Beyanoun, aficionado franco-estadounidense, acompañado por su hijo Zach. Una frase sencilla, pero cargada de ilusión ante lo que puede ser una era dorada prolongada.
La herida de 2022 sigue abierta… pero no infectada
Para Marruecos, la noche dejó una sensación amarga, casi de déjà vu. Otra vez Francia. Otra vez un Mundial. Otra vez un 2-0 que corta el paso a un equipo que soñaba con ir más allá.
Los rostros a la salida del estadio lo contaban todo: banderas al hombro, pasos lentos, miradas perdidas. El viento que había empujado a los Leones del Atlas en 2022 y en la fase de grupos de 2026 se quedó sin fuerza en Boston.
Aun así, no todo era pesimismo.
“No ganamos este, pero ganaremos el próximo Mundial en casa”, decía Hamza, aficionado marroquí que prefería no dar su apellido, con la vista ya puesta en 2030, cuando Marruecos será coanfitrión del torneo. Una frase que sonaba menos a consuelo y más a compromiso.
Porque la derrota duele, pero no derriba un proyecto que se ve a sí mismo entre los grandes. Y porque, como remataba el propio Hamza, casi como un mantra: “Hay que seguir después de la derrota. Esto es fútbol. Esto es la vida”.
La pregunta, ahora, no es si Francia puede volver a levantar la Copa del Mundo. Es cuántos equipos serán capaces de frenar a Mbappé y compañía antes de que lo hagan. Y cuántas veces más estará dispuesto Marruecos a levantarse para intentarlo de nuevo.





