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Graham Potter: del caos a la gloria con Suecia en el Mundial

Graham Potter ya no huye de nada. Ni de Chelsea. Ni de West Ham. Ni de los titulares que le colgaron la etiqueta de fracaso antes de tiempo. A sus 51 años, el seleccionador de Suecia habla de todo eso casi con calma, pero con un filo que delata las cicatrices.

«Tienes que afrontar lo malo», repite.

Lo dice alguien que pasó de ser el arquitecto paciente de Brighton a durar solo siete meses en el caos de Chelsea. Después llegó West Ham, otro laberinto. Seis victorias en 25 partidos, un inicio desastroso en su primera temporada completa y la puerta de salida en septiembre. De repente, una carrera que prometía marcar época parecía deslizarse hacia la irrelevancia.

Potter se plantó frente al espejo. ¿Pundit cómodo en un plató o entrenador de campo, barro y vestuario? «Podía quedarme sentado haciendo medios. O podía ir a trabajar». Eligió lo segundo.

El rescate sueco

La llamada llegó desde un lugar que le resultaba familiar: Suecia. La selección se hundía en su grupo de clasificación al Mundial y necesitaba un relevo urgente para Jon Dahl Tomasson. El contexto era duro, pero también reconocible para Potter, que ya había construido su nombre en Östersund durante siete años, sacando al club de la cuarta división hasta llevarlo a Europa League.

Antes de decir que sí, hizo algo incómodo: revisar sus propias heridas. «Tienes que lidiar con el fracaso. Te hace mejor persona», admite. No da detalles de esas lecciones. «Me ha dolido conseguirlas. Y debe doler, porque así mejoras».

Aislado del ruido exterior, asumió el reto en octubre con un contrato corto y una presión enorme. Suecia no logró salir del grupo, pero la Nations League les abrió una rendija: plaza para el playoff. Otra bala. Otro juicio público a su trabajo.

El margen de error era mínimo. El resultado, demoledor.

En marzo, Suecia cambió de rostro. El equipo se mostró frío, sereno, casi quirúrgico en el playoff. Viktor Gyökeres firmó un hat-trick en el 3-1 ante Ucrania en semifinales y, cuando el miedo al alargue asomaba en la final contra Polonia en Estocolmo, apareció de nuevo en el minuto 88 para sellar el 3-2 y el billete al Mundial.

Potter aún se emociona al revisitar ese momento. Habla de los vídeos con narración sueca en YouTube, de la voz quebrada del comentarista, de los suplentes invadiendo el campo. «Había 15 jugadores dentro. Yo solo pensaba: tarjetas amarillas, problemas. Pero es un Mundial, así que todas las reglas se van por la ventana». No hizo falta decir más.

El impacto fue tan grande que la federación blindó el proyecto: Potter amplió su contrato hasta 2030. De técnico de paso a figura de largo recorrido.

Un inglés que se siente sueco

Potter no aterrizó como un extraño. Suecia forma parte de su biografía. Östersund fue su laboratorio futbolístico y también su casa. «Me siento muy sueco cuando trabajo. Parezco un poco sueco. Dos de mis hijos nacieron en Suecia», recuerda.

La selección le ha dado algo que no siempre ofrece el fútbol de clubes: sentido de trascendencia. «Con la selección haces algo que va más allá de ti. Es algo más grande. Se siente la intensidad. Eso es lo bonito».

El giro, sin embargo, no ha sido sencillo. Potter siempre se definió como un entrenador de proceso, de construcción lenta, de ideas trabajadas durante meses. El calendario internacional le ha obligado a resetear.

«No tienes tiempo para desarrollar ideas», admite. El riesgo, según él, es caer en la trampa de diseñar planes complejos durante meses y descubrir que, cuando llega la concentración, solo hay dos días reales para preparar un partido. «No quieres hacerlo demasiado complejo». Simplificar sin empobrecer. Afinar sin sobrecargar.

Tras el éxtasis del playoff llegó la parte ingrata: las llamadas a los descartados del Mundial. Conversaciones duras, imprescindibles para sostener la armonía del grupo. «Incluso en un entrenamiento de 11 contra 11, hay cuatro jugadores fuera. No es fácil. Quieres que todos estén en el mismo camino». Ahí también se juega un torneo.

Un Mundial, un legado y un calor sofocante

Suecia afina su puesta a punto en Estocolmo antes de viajar a su base en Texas. El recuerdo del tercer puesto en USA 94 flota en el ambiente. No hace falta que nadie se lo recuerde a Potter: él mismo asume el peso de la comparación. Pero el cuadro no invita a la nostalgia ingenua. En el Grupo F esperan Japón, Países Bajos y Túnez. El pase a los últimos 32 se presenta como una escalada.

El debut será el 14 de junio en Monterrey, ante Túnez, bajo un calor que marcará el ritmo. Potter prevé partidos más lentos, menos abiertos, donde cada balón parado pueda decidir una clasificación. «En un torneo, sabes que tienes el cuchillo en la garganta, así que es menos fácil ser expansivo. Los partidos se cierran. Las jugadas a balón parado se convierten en una vía para crear ocasiones. Los equipos se van a centrar mucho en eso».

Suecia, de todos modos, no se limita al balón parado. Aun sin el lesionado Dejan Kulusevski, la selección presenta un ataque que asusta sobre el papel: Alexander Isak y Gyökeres como pareja de referencia.

Gyökeres, en su primera temporada en Arsenal, ha soportado críticas. Potter mira el cuadro completo. Para él, el delantero es el héroe silencioso que les ha llevado al Mundial. «Desde nuestra perspectiva, nos ha llevado al Mundial, así que su impacto es increíble». Enumera su trabajo, sus goles, el título de Premier League de Arsenal, la final de Champions, y concluye que ha firmado «una temporada brillante».

El caso de Isak es distinto. El salto de Newcastle a Liverpool el verano pasado no ha sido un cuento perfecto. Pretemporada cortada, una pierna rota, un regreso irregular, problemas de forma y ritmo. «No ha ido tan bien como le habría gustado», admite Potter. Y ahí enlaza con algo que conoce de primera mano: la falsa certeza de que un fichaje siempre mejora todo de inmediato.

«Su calidad no cambia. Sigue siendo un jugador top. La cuestión es cómo se adapta a lo que Liverpool quiere de él, cómo encaja en el equipo. Eso lleva tiempo. Es un gran chico». Lo dice alguien que lo vio debutar siendo un adolescente.

Potter recuerda aquel día con una sonrisa torcida. AIK contra Östersund. El delantero titular se cae del once y entra «un chico de 16 años». El entrenador inglés se sintió aliviado. Resultado final: 2-0 para AIK, gol de Isak. «Aprendí la lección».

El último amistoso dejó una señal positiva: un golazo de Isak en la derrota por 3-1 ante Noruega. Potter lo celebra en silencio. Quiere a los dos, a Isak y a Gyökeres, juntos. «Son distintos en su estilo, y eso es bueno para nosotros. Aún no hemos jugado con ellos juntos, así que es emocionante desarrollarlo». Ahí se abre una de las grandes incógnitas tácticas de Suecia para el Mundial.

Torneos, alma y redención

Potter percibe la temperatura emocional del país. El Mundial despierta algo profundo en Suecia. Él mismo ha intercambiado mensajes con Zlatan Ibrahimovic, icono eterno de la selección. Habla con otros entrenadores que han probado el fútbol de clubes y el de selecciones. Muchos coinciden: los torneos son la cima emocional del oficio.

«En la selección sientes que haces algo con más alma», resume.

Quizá por eso, pese a los golpes recientes, se le nota cómodo. Casi liberado.

West Ham lo despidió y ni así pudo evitar el descenso. Él cambió de escenario, de idioma, de contexto… y va al Mundial. La paradoja no se le escapa. Sus primeros recuerdos de fútbol son de México 86, con un Diego Maradona que «destrozó» el juego tal y como se entendía hasta entonces. Tenía 11 años. Ahí empezó todo.

Ahora, cuatro décadas después, ese niño que miraba fascinado la televisión dirigirá a una selección en otro Mundial en suelo americano. No es un cierre de círculo. Es otra oportunidad. Otra vez frente al abismo y a la belleza del juego.

La diferencia es que esta vez, pase lo que pase, Potter ya sabe que no va a huir.