Mbappé lleva a Francia a cuartos en Filadelfia
En Filadelfia no solo ardía el césped. Ardían las cabezas, las piernas y los nervios. En medio de un calor sofocante, Francia tuvo que bajar al barro para derribar el muro de Paraguay y asegurar, con un 1-0 mínimo pero gigantesco, su billete a los cuartos de final del Mundial, donde le espera Marruecos.
El desenlace llevó, cómo no, la firma de Kylian Mbappé. Penalti en la segunda parte, ejecución fría, gol número 19 en 19 partidos de Mundial. Una estadística descomunal que evitó que se repitiera la historia negra de otros gigantes: nada de reeditar el batacazo de Alemania ante Paraguay, ni de coquetear con el abismo como Argentina frente a Cabo Verde. Francia sufrió. Pero sobrevivió.
Francia se arremanga
El aviso había llegado antes del pitido inicial. Aurelien Tchouameni se cayó del once a última hora por una lesión muscular. Didier Deschamps movió ficha y lanzó a Manu Koné al lado de Adrien Rabiot en el centro del campo. Al otro lado, Paraguay se plantó con un 5-4-1 duro, casi espartano, dispuesto a convertir cada metro en un combate.
Con 39 grados sobre el césped, el partido se convirtió pronto en un ejercicio de resistencia. Francia monopolizó la pelota, pero cada intento se estrellaba contra una defensa rugosa, áspera, que no dudaba en cortar el ritmo a base de faltas, interrupciones y choques. No había espacio para el lujo.
Rabiot, Koné y Ousmane Dembélé probaron desde media distancia, sin precisión. Julio Enciso, aislado pero valiente, fue la única chispa paraguaya al otro lado. El dato lo explicaba todo: ni un solo disparo a puerta en toda la primera parte. Para una campeona del mundo reciente, aquello era un suplicio.
El penalti que rompió el candado
Tras el descanso, el duelo cambió de tono. No de guion, pero sí de intensidad. Francia dejó de mirar el reloj y empezó a morder más arriba. El calor seguía pegando, pero la paciencia se transformó en urgencia.
La llave llegó desde el banquillo. Bradley Barcola dejó su sitio a Désiré Doué, y el joven atacante no tardó en agitar el partido. Se metió en el área, encaró a Diego Gómez y el defensa paraguayo cayó en la trampa: zancadilla clara, Doué al suelo.
El árbitro Ilgiz Tantashev dejó que la jugada respirara, pero el VAR le llamó. Revisión, pantalla, decisión: penalti. En medio del ruido y la tensión, apareció Mbappé. Un par de pasos, mirada fija, golpe seco. Engañó por completo a Orlando Gill en el minuto 70. Séptimo gol en este torneo, igualando a Lionel Messi en el registro mundialista total y quedándose a uno del argentino en la lista histórica.
El tanto no apagó el partido. Lo encendió de otra manera.
Paraguay busca el caos, Maignan responde
Herida en su orgullo, Paraguay se soltó al fin. Ya no valía el minimalismo que la había acompañado durante toda la noche. Había que atacar, aunque fuera a empujones. Y lo hizo a su manera: balones frontales, contactos al límite, protestas constantes, búsqueda obsesiva de faltas cerca del área francesa.
Francia, que hasta entonces apenas había sufrido atrás, empezó a mirar el reloj. El partido entró en una fase turbia, con interrupciones y roces en cada balón dividido. El riesgo de un error tonto planeaba sobre los de Deschamps.
En el minuto 90, Mike Maignan, espectador de lujo durante casi todo el choque, tuvo por fin que ganarse el sueldo. Primera intervención seria del portero francés, segura, en un disparo que amenazaba con arruinar la noche. Paraguay olió la duda y se lanzó a por el desorden total.
Los últimos minutos fueron una prueba de carácter. Mbappé tuvo dos ocasiones para sentenciar en el descuento, pero Gill, enorme en el tramo final, le negó el doblete con dos paradas consecutivas. Cada despeje francés era un pequeño alivio, cada balón parado paraguayo, un sobresalto.
Francia terminó defendiendo como un equipo que entiende que, en un Mundial, no hay victorias pequeñas. Solo supervivientes.
De la trampa paraguaya al recuerdo de 2022
Paraguay se marchó con la sensación amarga de 1998 repetida: entonces cayó en la prórroga ante la Francia que acabaría levantando el título, con el famoso gol de oro de Laurent Blanc. Esta vez, su plan minimalista volvió a quedarse sin premio. Resistió, incomodó, llevó el partido al límite, pero no encontró ni un solo remate claro que justificara la apuesta.
Francia, en cambio, se va de Filadelfia con algo más que un pase. Se marcha con la confirmación de que puede ganar feo, de que sabe mancharse las manos cuando el rival la arrastra a un fútbol oscuro, cortado, trabado. No hubo esmoquin. Hubo sudor, golpes y un penalti convertido con la frialdad de los elegidos.
Ahora espera Marruecos, en un cruce que remite inevitablemente a la semifinal de hace cuatro años. Entonces, Francia avanzó hacia la final. Hoy, con Mbappé en modo depredador y un equipo que ya ha demostrado que también sabe sufrir, la pregunta es otra: ¿quién va a querer cruzarse con ellos cuando el torneo entra en su zona más cruel?






