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Son Heung-min: El ídolo amable de Corea del Sur

Son Heung-min camina por Charlotte con la misma sonrisa con la que ha recorrido medio mundo. Ashley Westwood, ahora compañero en el All-Star de la MLS, lo define con dos palabras que lo persiguen desde hace años: “The nice guy”. El tipo bueno. El ídolo amable. El que carga con una presión descomunal sin perder el gesto.

Para Corea del Sur es un símbolo. Para toda Asia, un faro. Probablemente el mejor futbolista que ha dado la región. Y esa etiqueta pesa.

Este verano volvió a comprobarlo. Llegó al Mundial sumido en una sequía goleadora y se fue sin marcar, con Corea eliminada en la fase de grupos. Ni siquiera arrancó como titular en el partido decisivo. Al final del torneo prometió hacer lo que hiciera falta para recuperar el corazón de su gente. Ese es el listón que lo acompaña desde hace años: no solo se le exige marcar, se le exige representar.

En paralelo, su carrera se ha llenado de noches gloriosas. Su etapa en Tottenham, sus 56 goles con la selección, a solo dos del histórico Cha Bum-kun. Cada acierto ha alimentado el foco que lo sigue a todas partes.

Son terminó encontrando una única manera de vivir bajo esa luz: sin máscaras. El mundo le ha pedido perfección desde que es adulto. No la va a dar. Lo que sí puede ofrecer es autenticidad. Y con eso le ha bastado casi siempre, dentro y fuera del campo.

“Soy solo yo”, dice. “No aparezco de una manera diferente. Podríamos decir falso. Obviamente, no a todas las personas les voy a gustar. No todas van a ser fans míos, pero intento ser yo mismo. Intento ser humilde. Intento ser agradecido con la gente que siempre me apoya. Este soy yo. Nunca enseño algo falso en mis cosas”.

Con el tiempo, se ha permitido mostrar más a esa persona. En la MLS, forma parte del contrato: una estrella de su calibre no firma solo como jugador, también como embajador. Son ha abrazado ese rol. Cada entrevista es una oportunidad de acortar la distancia con quienes lo siguen.

“Después de todas las entrevistas, todos los podcasts”, explica, “cuando la gente me ve en otra dirección o me ve de maneras diferentes, me hace más feliz, porque siento que la distancia es un poco más corta”.

Esta semana, miles tuvieron la oportunidad de verlo aún más de cerca. Y Son se aseguró de que valiera la pena.

El All-Star y el niño de 16 años

Para alguien de su estatus, el All-Star de la MLS ofrece mil excusas para quejarse. Viajes largos, calendario apretado, el miedo latente a una lesión inoportuna. Él mismo lo admite: el desplazamiento y el momento de la temporada no eran ideales. Por encima de todo, rezaba para que nadie saliera lastimado.

La queja dura poco. Apenas lo menciona y la sonrisa regresa. De inmediato empieza a pensar en voz alta sobre lo que significa este paréntesis extraño en medio del curso.

“Se siente como cuando tenía 16 años, ¿sabes?”, cuenta. “Es como cuando estás en un equipo o te convocan con la selección y de repente hay un montón de chicos al azar en la concentración. Tienes que conoceros. Obviamente hay nombres muy, muy grandes aquí, pero no es diferente. Somos todos lo mismo: seres humanos”.

Y, sin embargo, entre todos esos “seres humanos” con la camiseta del All-Star, él es el rostro más reconocible. Cuando por fin rodó el balón, después de días de actos, cámaras y promociones, el surcoreano tardó muy poco en explicar por qué.

El combinado de la MLS encajó un gol en los primeros diez minutos. La respuesta de Son fue fulminante: dos tantos en apenas tres minutos. Un golpe de autoridad, un recordatorio de jerarquía. En el minuto 35 dejó el campo, misión cumplida. El premio al mejor jugador del partido fue una consecuencia lógica.

“Hablamos de un jugador increíble”, resumió su compañero Hany Mukhtar. “Es un jugador de clase mundial por una razón. Lo demuestra cada semana y todos sabemos lo bueno que es. Lo vemos en los entrenamientos y no me sorprende”.

La semana del All-Star terminó siendo un objetivo cumplido para todos. Son marcó, el público tuvo espectáculo y nadie acabó en la enfermería. Lo más importante: hubo diversión.

“Vivir esta experiencia es algo que pasa una vez en la vida”, asegura. “Creo que merece la pena. Intento disfrutar este momento y ser agradecido, como siempre digo. Que te inviten a este All-Star, no le pasa a todo el mundo, así que estoy muy agradecido. Tener a estos jugadores increíbles a mi lado y jugar juntos es un gran honor para mí”.

Para muchos de sus compañeros, el honor era compartido. Algunos ya lo habían sufrido como rival. Otros lo conocían solo por televisión. Todos querían por fin compartir vestuario con él.

Westwood lo celebraba: por fin estaba del mismo lado. Sabía de primera mano lo que supone perseguirlo.

“Nos marcó un gol cuando yo estaba en Burnley”, recuerda. “Se fue corriendo por todo el equipo”.

Y, después de eso, Son sonrió. Siempre. Para los rivales puede ser desesperante o desarmante. Incluso los que se quedan atrás en sus carreras en zigzag acaban cogiéndole cariño. No hay maldad en Son, salvo en el golpeo, ese latigazo que tantas veces acaba en vídeo de highlights.

Liderazgo sin estridencias

Esa mezcla de talento y cercanía explica por qué tantos All-Stars querían conocerlo mejor, como compañero y como persona. Tim Ream, que se cruzó con él una y otra vez en la Premier League, disfrutó al fin de tenerlo a su lado. Thomas Müller, otra de las grandes figuras del plantel, no perdió la ocasión de bromear cuando Son confesó su ilusión por jugar con el campeón del mundo alemán.

“Siempre intentamos decir cosas bonitas delante de la cámara”, soltó Müller entre risas, “pero el sábado viene con LAFC a Vancouver. No sé, ¡a lo mejor está fingiendo ser amable conmigo!

“Su alemán es realmente, realmente bueno y, seguro, sabe un poco de la vida en Alemania. Hablamos de los viejos tiempos y, también como tipo de jugador, tenemos un buen entendimiento el uno del otro”.

Como Müller, Son asumió sin pedirlo un papel de líder durante la semana del All-Star. En la primera sesión de entrenamiento, el ambiente arrancó frío, con cierta incomodidad lógica en un grupo que apenas se conocía. Fue el surcoreano quien empezó a lanzar bromas, a romper el hielo, a desatar sonrisas. Ese gesto, tan simple, ayudó a que un vestuario improvisado empezara con el pie derecho.

“Cuando estaba en Inglaterra, siempre era el tipo sonriente, el chico bueno”, cuenta Westwood. “Siempre tenía tiempo para ti, y aquí es exactamente igual. Es simplemente él”.

En un momento de la rueda de prensa, alguien le preguntó si había algo en lo que pudiera ganar a todos sus compañeros del All-Star. Algún juego, alguna competición en la que se sintiera invencible.

“Nada”, respondió. “Soy malo en todo”.

No es cierto, por supuesto. Son es terriblemente bueno en muchas cosas. Sobre todo en una: ser Son Heung-min. Nadie puede copiarlo. Muy pocos pueden hacer lo que él hace, dentro y fuera del césped.

En Charlotte, no dejó un frente sin atender. Cumplió con cada obligación con los medios, apareció en cada cartel, se mezcló con sus compañeros, participó en el Skills Challenge pese a la lluvia y el retraso. Y cuando llegó el partido, hizo lo que hace siempre: marcar la diferencia.

El amor que no se agota

Detrás de cada acto, cada entrevista, cada aparición pública, hay algo genuino en él. Los escenarios cambian, la sensación no. Charlotte lo devolvió a la adolescencia. La verdad es que cada estadio todavía lo hace.

“Amo el balón”, confesó. “Amo a los aficionados y amo a mis compañeros. Desde que me enamoré de niño, persiguiendo el balón, pegándole patadas y celebrando con los chicos. Creo que es probablemente lo que más amo. Cuando tengo estrés, siempre juego al fútbol. Por eso estoy aquí: porque disfruto este deporte.

“Hasta el final”, añadió. “Hasta el final, creo que probablemente es el único amor que tengo”.

El miércoles por la noche, a los pocos minutos del pitido final, Son ya no estaba en el césped. Mientras sus compañeros seguían celebrando, él era escoltado fuera del estadio, rumbo al aeropuerto. De vuelta a Los Ángeles. Al siguiente partido, al siguiente momento, a la siguiente obligación.

Algún día se acabarán. El calendario dejará de apretarlo, las cámaras buscarán otros rostros, las piernas pedirán descanso definitivo. Son no tiene prisa por que llegue ese día. Mientras el balón siga rodando, su sonrisa también.