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Egipto avanza a octavos en Mundial tras vencer a Australia

Hossam Abdelmaguid convirtió el penalti que cambia una historia entera. Egipto tumbó a una combativa Australia en la tanda (4-2) tras el 1-1 en 120 minutos en Texas y se metió, por primera vez, en los octavos de final de un Mundial. Un salto de dimensión para los Faraones. Un golpe directo al corazón de los Socceroos.

Ahora, al fondo del cuadro, asoma Lionel Messi y su Argentina, siempre que la campeona del mundo no tropiece de forma estruendosa ante la debutante Cabo Verde en su cruce de dieciseisavos. Pero, pase lo que pase, Egipto ya ha roto su techo histórico. Y lo hizo sufriendo.

Un partido tenso, un héroe inesperado

El duelo fue un nudo en la garganta desde el inicio. Egipto pegó primero, pero nunca logró sentirse cómodo. Y su capitán, Mohamed Salah, jugó más como símbolo que como estrella: presente, pero apagado, errático en las decisiones, todavía lastrado por la lesión muscular del último partido.

La noche, sin embargo, arrancó bien para los de Hossam Hassan. Minuto 13, estadio cubierto y climatizado, casa de los Dallas Cowboys, casi 70.000 personas en las gradas. Karim Hafez puso un centro medido al segundo palo, Nestory Irankunda se despistó en la marca y Emam Ashour apareció libre para cabecear su segundo gol del torneo. 1-0 y la responsabilidad, de golpe, sobre una Australia poco amiga del gol: solo dos tantos en la fase de grupos.

El tanto no tranquilizó a Egipto. Al contrario. El equipo se encogió atrás, nervioso en cada salida de balón. Australia olió la duda. Ya había avisado muy pronto, cuando Cristian Volpato, el talento que cambió Italia por los Socceroos justo antes del Mundial, estrelló un disparo en la parte alta del larguero con menos de cinco minutos jugados.

Los oceánicos, sin demasiada claridad pero con insistencia, fueron metiendo el partido en su terreno: físico, de duelos, de centros laterales. Antes del descanso, Aziz Behich probó por fin a Mostafa Shobeir con un disparo flojo. El guardameta, hijo de Ahmed Shobeir —portero de Egipto en el Mundial de 1990—, atrapó sin problemas. Los Faraones, pese a la ventaja, no respiraban.

Salah, mientras tanto, apenas dejó una estela. 34 años, regreso reciente tras una lesión de isquiotibiales, y un primer tiempo áspero, sin espacios. Se movió, pidió, intentó, pero casi todo se quedó en intenciones.

El cierre de la primera parte llegó con un golpe duro para Australia: Jordan Bos, uno de los jugadores más veloces del torneo, acabó tendido tras una entrada durísima, al límite, de Rabia. El carrilero tuvo que abandonar el campo ayudado y Tony Popovic se vio obligado a cambiarlo al descanso por Kai Trewin. Un plan menos para el seleccionador australiano.

El empate, el miedo y la prórroga

Nada más volver del vestuario, Egipto tuvo la ocasión que parecía definitiva. Segundos tras la reanudación, Omar Marmoush, atacante del Manchester City, se encontró con el 2-0 en sus botas. Solo, muy cerca del arco, cruzó demasiado y mandó el balón fuera. Una oportunidad que pesaría durante el resto del choque.

El castigo llegó pronto. El seleccionador egipcio ya había avisado de la dureza física de Australia, y el balón parado lo confirmó. En un balón colgado al área en un libre directo lateral, Mohamed Hany, exigido por la presión rival, cabeceó contra su propia portería y firmó el 1-1 diez minutos después del descanso. Segundo autogol del lateral en este Mundial. Un golpe psicológico enorme.

El tanto liberó a Australia y encogió a Egipto. Ninguna de las dos selecciones había ganado jamás un partido de eliminatorias en un Mundial masculino. El peso de la historia se notaba en cada decisión, en cada pase atrás, en cada balón dividido.

Egipto, poco a poco, volvió a adelantar metros. Ya en el tiempo añadido, Salah participó en una de las pocas acciones claras en las que logró conectar con sus compañeros. La jugada acabó con un disparo de Ramy que Patrick Beach, el guardameta australiano, desvió con una estirada espectacular para forzar la prórroga. El grito de los aficionados egipcios se quedó a medio camino.

En el tiempo extra, el guion se inclinó definitivamente hacia los africanos. Más enteros físicamente, más decididos. Salah tuvo una buena oportunidad con su pierna derecha, la menos hábil, pero mandó el balón muy por encima. Las ocasiones se evaporaban, el reloj corría y la tanda de penaltis empezó a dibujarse como un destino inevitable.

La apuesta de Popovic y la calma de Abdelmaguid

Con el final de la prórroga ya encima, Popovic tomó una decisión que lo decía todo sobre cómo veía el desenlace. Sacó al experimentado Mathew Ryan para la tanda, una apuesta a todo o nada en el último suspiro. El estadio rugía, los aficionados egipcios silbaban cada toque australiano, la tensión se podía casi tocar.

La tanda arrancó con un mazazo para los Socceroos. Harry Souttar, central, balón en el punto de penalti, portería frente a la grada egipcia. Tomó carrera, golpeó con fuerza… y la mandó por encima del larguero. Australia empezó cuesta arriba, sin red.

Los cinco siguientes lanzadores acertaron. Entre ellos, Salah, que esta vez sí mostró la frialdad del gran especialista. Carrera corta, mirada fija, definición perfecta. El capitán, casi invisible en el juego, se hizo gigante en los once metros.

Con el marcador parcial a favor de Egipto, apareció el momento que cambió todo. Lucas Herrington, defensa de 18 años, se plantó ante Shobeir con la presión del mundo sobre sus hombros. Ajustó el disparo, pero el balón golpeó el larguero y salió despedido. Otra vez el sonido metálico de la madera, esta vez con un peso histórico.

Entonces llegó el turno de Hossam Abdelmaguid. Silencio denso, respiraciones contenidas. El joven egipcio no titubeó. Carrera limpia, golpe seco, gol. Egipto a octavos. Salah, derrumbado en lágrimas de alegría. Australia, deshecha, consciente de que la oportunidad se les había escapado desde los once metros.

Egipto rompe su techo… y mira a Messi

El triunfo cierra un círculo para una selección que ya había dado un aviso en la fase de grupos con su primera victoria mundialista, el 3-1 ante Nueva Zelanda. Esta vez, sin brillo, con dudas atrás, con su estrella lejos de su mejor versión, pero con una resiliencia que acabó marcando la diferencia.

Hossam Hassan y su grupo escriben una página inédita en la historia del fútbol egipcio: primera clasificación a los octavos de final de un Mundial masculino. No es un detalle menor para un país siete veces campeón de África que siempre había sentido el torneo global como una cuenta pendiente.

En el horizonte, Atlanta y un cruce el martes ante el ganador del Argentina–Cabo Verde. Si todo sigue el guion lógico, esperará la campeona del mundo de Lionel Messi. Egipto ya sabe que llega como outsider. Pero, después de una noche así, ¿quién se atreve a decirles que no pueden seguir derribando fronteras?

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